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viernes, 18 de julio de 2008

Benedicto XVI: El punto de partida del ecumenismo, el Bautismo; el de llegada, la Eucaristía

Explica en el encuentro con representantes de otras confesiones cristianas


SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- El punto de partida del ecumenismo --el camino hacia la unidad entre los cristianos-- es el Bautismo; el de llegada, la celebración común de la Eucaristía. Así lo explicó este viernes Benedicto XVI a representantes de otras iglesias y comunidades cristianas.

En el encuentro, que se celebró en la cripta de la catedral de Santa María de Sydney, estuvieron representadas unas quince comunidades, entre ortodoxos, hijos de la Reforma, anglicanos...

Si bien el arzobispo anglicano de Sydney no pudo estar presente, envió a un representante y escribió una carta que ha sido calificada por el padre Federico Lombardi S.I., como "hermosísima", "muy cordial con el Papa y con la Jornada Mundial de la Juventud".

En su discurso, el Papa reconoció que "el movimiento ecuménico ha llegado a un punto crítico".

Tras recordar que los cristianos están viviendo el bimilenario de san Pablo, profundizó en la enseñanza del apóstol para constatar que el sacramento del Bautismo es para todos los cristianos "la puerta de entrada en la Iglesia y el 'vínculo de unidad' para cuantos han renacido gracias a él".

"Es consiguientemente el punto de partida de todo el movimiento ecuménico", afirmó. "Pero no es el destino final. El camino del ecumenismo tiende, en definitiva, a una celebración común de la Eucaristía, que Cristo ha confiado a sus apóstoles como el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia".

"Aunque hay todavía obstáculos que superar, podemos estar seguros de que un día una Eucaristía común subrayará nuestra decisión de amarnos y servirnos unos a otros a imitación de nuestro Señor".

Según el obispo de Roma, "un sincero diálogo sobre el lugar que tiene la Eucaristía --estimulado por un renovado y atento estudio de la Escritura, de los escritos patrísticos y de los documentos de los dos milenios de la historia cristiana-- favorecerá indudablemente llevar adelante el movimiento ecuménico y unificar nuestro testimonio ante del mundo".

Punto crítico

El Papa consideró que "el movimiento ecuménico ha llegado a un punto crítico" en el que "para avanzar hemos de pedir continuamente a Dios que renueve nuestras mentes con la gracia del Espíritu Santo".

"Hemos de estar en guardia contra toda tentación de considerar la doctrina como fuente de división y, por tanto, como impedimento de lo que parece ser la tarea más urgente e inmediata para mejorar el mundo en el que vivimos".

Discurso del Papa en el encuentro con representantes de otras confesiones cristianas

SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció en la mañana de este viernes Benedicto XVI durante el encuentro que mantuvo con representantes de otras confesiones cristianas en la cripta de la catedral de Santa María de Sydney.


* * *



Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Doy gracias a Dios fervientemente por la oportunidad de encontraros y de orar junto con vosotros, que habéis llegado aquí en representación de varias comunidades cristianas en Australia. Agradecido por las cordiales palabras de bienvenida del Obispo Forsyth y del Cardenal Pell, con sentimientos de alegría os saludo en el nombre del Señor Jesús «la piedra angular» de la «casa de Dios» (cf. Ef 2,19-20). Deseo enviar un saludo particular al Cardenal Edward Cassidy, Presidente emérito del Consejo Pontificio para la Promoción de la unidad de los Cristianos, que no ha podido estar hoy con nosotros a causa de su delicada salud. Recuerdo con gratitud su decidido compromiso de promover la comprensión recíproca entre todos los cristianos y quisiera invitaros a todos a uniros conmigo en la oración por su pronto restablecimiento.

Australia es un País marcado por gran diversidad étnica y religiosa. Los inmigrantes llegan a las costas de esta majestuosa tierra con la esperanza de encontrar en ella felicidad y buenas oportunidades de trabajo. La vuestra es también una Nación que reconoce la importancia de la libertad religiosa. Éste es un derecho fundamental que, si se respeta, permite a los ciudadanos de actuar en base a valores arraigados en sus convicciones más profundas, contribuyendo así al bienestar de toda la sociedad. De este modo, los cristianos contribuyen, junto con los miembros de las otras religiones, a la promoción de la dignidad humana y la amistad entre las naciones.

A los australianos les gusta la discusión franca y cordial. Eso ha proporcionado un buen servicio al movimiento ecuménico. Un ejemplo puede ser el Acuerdo firmado en 2004 por los miembros del Consejo Nacional de las Iglesias en Australia. Este documento reconoce un compromiso común, indica objetivos, declara puntos de convergencia, sin pasar apresuradamente por encima de las diferencias. Un planteamiento como éste no sólo demuestra que es posible encontrar resoluciones concretas para una colaboración fructuosa en el presente, sino también que necesitamos proseguir pacientes discusiones sobre los puntos teológicos de divergencia. Es de desear que las deliberaciones, que haréis en el Consejo de las Iglesias y en otros foros locales, se vean alentadas por los resultados que ya habéis alcanzado.

Este año celebramos el segundo milenario del nacimiento de San Pablo, trabajador incansable en favor de la unidad en la Iglesia primitiva. En el pasaje de la Escritura que acabamos de escuchar, Pablo nos recuerda la inmensa gracia que hemos recibido al convertirnos en miembros del cuerpo de Cristo mediante el Bautismo. Este Sacramento, que es la puerta de entrada en la Iglesia y el «vínculo de unidad» para cuantos han renacido gracias a él (cf. Unitatis redintegratio, 22), es consiguientemente el punto de partida de todo el movimiento ecuménico. Pero no es el destino final. El camino del ecumenismo tiende, en definitiva, a una celebración común de la Eucaristía (cf. Ut unum sint, 23-24;45), que Cristo ha confiado a sus Apóstoles como el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia. Aunque hay todavía obstáculos que superar, podemos estar seguros de que un día una Eucaristía común subrayará nuestra decisión de amarnos y servirnos unos a otros a imitación de nuestro Señor. En efecto, el mandamiento de Jesús de «hacer esto en conmemoración mía» (Lc 22,19), está intrínsecamente ordenado a su indicación de «lavaros los pies unos a otros» (Jn 13,14). Por esta razón un sincero diálogo sobre el lugar que tiene la Eucaristía -estimulado por un renovado y atento estudio de la Escritura, de los escritos patrísticos y de los documentos de los dos milenios de la historia cristiana (cf. Ut unum sint, 69-70)- favorecerá indudablemente llevar adelante el movimiento ecuménico y unificar nuestro testimonio ante del mundo.

Queridos amigos en Cristo, creo que estaréis de acuerdo en considerar que el movimiento ecuménico ha llegado a un punto crítico. Para avanzar hemos de pedir continuamente a Dios que renueve nuestras mentes con la gracia del Espíritu Santo (cf. Rm 12,2), que nos habla por medio de las Escrituras y nos conduce a la verdad completa (cf. 2 P 1,20-21; Jn 16,13). Hemos de estar en guardia contra toda tentación de considerar la doctrina como fuente de división y, por tanto, como impedimento de lo que parece ser la tarea más urgente e inmediata para mejorar el mundo en el que vivimos. En realidad, la historia de la Iglesia demuestra que la praxis no sólo es inseparable de la didaché, de la enseñanza, sino que deriva de ella. Cuanto más asiduamente nos dedicamos a lograr una comprensión común de los misterios divinos, tanto más elocuentemente nuestras obras de caridad hablarán de la inmensa bondad de Dios y de su amor por todos. San Agustín expresó la interconexión entre el don del conocimiento y la virtud de la caridad cuando escribió que la mente retorna a Dios a través del amor (cf. De moribus Ecclesiae catholicae, XII,21), y que dondequiera que se ve la caridad, se ve la Trinidad (cf. De Trinitate, 8,8,12).

Por esta razón, el diálogo ecuménico no solamente avanza mediante un cambio de ideas, sino compartiendo dones que nos enriquecen mutuamente (cf. Ut unum sint, 28;57). Una «idea» está orientada al logro de la verdad; un «don» expresa el amor. Ambos son esenciales para el diálogo. Abrirnos nosotros mismos a aceptar dones espirituales de otros cristianos estimula nuestra capacidad de percibir la luz de la verdad que viene del Espíritu Santo. San Pablo enseña que en la koinonia de la Iglesia es donde nosotros tenemos acceso a la verdad del Evangelio y los medios para defenderla, porque la Iglesia está edificada «sobre el fundamento de los Apóstoles y los Profetas», teniendo a Jesús mismo como piedra angular (Ef 2,20).

En esta perspectiva podemos tomar en consideración quizás las imágenes bíblicas complementarias de «cuerpo» y de «templo», usadas para describir la Iglesia. Al emplear la imagen del cuerpo (cf. 1 Co 12,12-31), Pablo llama la atención sobre la unidad orgánica y sobre la diversidad que permite a la Iglesia respirar y crecer. Pero igualmente significativa es la imagen de un templo sólido y bien estructurado, compuesto de piedras vivas, que se apoyan sobre un fundamento seguro. Jesús mismo aplica a sí, en perfecta unidad, estas imágenes de «cuerpo» y de «templo» (cf. Jn 2,21-22; Lc 23,45; Ap 21,22).

Cada elemento de la estructura de la Iglesia es importante; pero todos vacilarían y se derrumbarían sin la piedra angular que es Cristo. Como «conciudadanos» de esta «casa de Dios», los cristianos tienen que actuar juntos a fin de que el edificio permanezca firme, de modo que otras personas se sientan atraídas a entrar y a descubrir los abundantes tesoros de gracia que hay en su interior. Al promover los valores cristianos, no debemos olvidar de proclamar su fuente, dando testimonio común de Jesucristo, el Señor. Él es quien ha confiado la misión a los «apóstoles», es Él del que han hablado los «profetas», y es Él al que nosotros ofrecemos al mundo.

Queridos amigos, vuestra presencia hoy aquí me llena de la ardiente esperanza de que, continuando juntos en el arduo camino hacia la plena unidad, tendremos la fuerza de ofrecer un testimonio común de Cristo. Pablo habla de la importancia de los profetas en la Iglesia de los inicios; también nosotros hemos recibido una llamada profética mediante el Bautismo. Confío que el Espíritu abra nuestros ojos para ver los dones espirituales de los otros, abra nuestros corazones para recibir su fuerza y abra de par en par nuestras mentes para acoger la luz de la verdad de Cristo. Expreso mi viva gratitud a cada uno de vosotros por el compromiso de tiempo, enseñanza y talento que habéis prodigado al servicio de «un sólo cuerpo y un sólo espíritu» (Ef 4,4; cf. 1 Co 12,13) que el Señor ha querido para su pueblo y por el que ha dado su propia vida. Gloria y poder para Él por los siglos de los siglos. Amén.

[Traducción del original inglés distribuida por la Santa Sede

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Discurso del Papa en el encuentro con representantes de otras religiones

SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI este viernes en la sala capitular de la catedral de Santa María en Sydney durante el encuentro que mantuvo con representantes de otras religiones.

Previamente habían tomado las palabra el cardenal George Pell, arzobispo de la ciudad; el rabino jefe de la Gran Sinagoga de Sydney, Jeremy Lawrence, y el jeque Mohamadu Saleem.



* * *



Queridos amigos:

Dirijo un cordial saludo de paz y amistad a todos los que estáis aquí en representación de las diversas tradiciones religiosas presentes en Australia. Me alegra tener este encuentro y doy las gracias al Rabino Jeremy Lawrence y al jeque Mohamadu Saleem por las palabras de bienvenida que me han dirigido, en su nombre y en nombre de vuestras respectivas comunidades.

Australia es famosa por la amabilidad de sus habitantes con el prójimo y el turista. Es una nación que tiene en gran consideración la libertad religiosa. Vuestro País reconoce que el respeto de este derecho fundamental da a los hombres y mujeres la posibilidad de adorar a Dios según su conciencia, de educar el espíritu y de actuar según las convicciones éticas que se derivan de su credo.

La armoniosa correlación entre religión y vida pública es especialmente importante en una época en la que algunos han llegado a pensar que la religión es causa de división en vez de una fuerza de unidad. En un mundo amenazado por siniestras e indiscriminadas formas de violencia, la voz concorde de quienes tienen un espíritu religioso impulsa a las naciones y comunidades a solucionar los conflictos con instrumentos pacíficos en el pleno respeto de la dignidad humana. Una de las múltiples modalidades en que la religión se pone al servicio de la humanidad consiste en ofrecer una visión de la persona humana que subraya nuestra aspiración innata a vivir con magnanimidad, entablando vínculos de amistad con nuestro prójimo. Las relaciones humanas, en su íntima esencia, no se pueden definir en términos de poder, dominio e interés personal. Por el contrario, reflejan y perfeccionan la inclinación natural del hombre a vivir en comunión y armonía con los otros.

El sentido religioso arraigado en el corazón del ser humano abre a hombres y mujeres hacia Dios y los lleva a descubrir que la realización personal no consiste en la satisfacción egoísta de deseos efímeros. Nos guía más bien salir al encuentro de las necesidades de los otros y a buscar caminos concretos para contribuir al bien común. Las religiones desempeñan un papel particular a este respeto, en cuanto enseñan a la gente que el auténtico servicio exige sacrificio y autodisciplina, que se han de cultivar a su vez mediante la abnegación, la templanza y el uso moderado de los bienes naturales. Así, se orienta a hombres y mujeres a considerar el entorno como algo maravilloso, digno de ser admirado y respetado más que algo útil y simplemente para consumir. Un deber que se impone a quien tiene espíritu religioso es demostrar que es posible encontrar alegría en una vida simple y modesta, compartiendo con generosidad lo que se tiene de más con quien está necesitado.

Amigos, estos valores -estoy seguro que estaréis de acuerdo- son particularmente importantes para una adecuada formación de los jóvenes, que frecuentemente están tentados de considerar la vida misma como un producto de consumo. Sin embargo, también ellos tienen capacidad de autocontrol. De hecho, en el deporte, en las artes creativas o en los estudios, están dispuestos a aceptar de buena gana estos compromisos como un reto. ¿Acaso no es cierto que, cuando se les presentan altos ideales, muchos jóvenes se sienten atraídos por el ascetismo y la práctica de la virtud moral, tanto por respeto de sí mismos como por atención hacia los demás? Disfrutan con la contemplación del don de la creación, y se sienten fascinados por el misterio de lo trascendente. En esta perspectiva, tanto las escuelas confesionales como las estatales podrían hacer más para desarrollar la dimensión espiritual de todo joven. En Australia, como en otros lugares, la religión ha sido un factor que ha motivado la fundación de muchas instituciones educativas, y por buenas razones sigue teniendo hoy un puesto en los programas escolares. El tema de la educación aparece con frecuencia en las deliberaciones de la Organización Interfaith Cooperation for Peace and Harmony, y aliento vivamente a los que participan en esta iniciativa a continuar en su análisis de los valores que integran las dimensiones intelectuales, humanas y religiosas de una educación sólida.

Las religiones del mundo dirigen constantemente su atención a la maravilla de la existencia humana. ¿Quién puede dejar de asombrarse ante la fuerza de la mente que averigua los secretos de la naturaleza mediante los descubrimientos de la ciencia? ¿Quién no se impresiona ante la posibilidad de trazar una visión del futuro? ¿Quién no se sorprende ante la fuerza del espíritu humano, que establece objetivos e indaga los medios para lograrlos? Hombres y mujeres no solamente están dotados de la capacidad de imaginar cómo podrían ser mejores las cosas, sino también de emplear sus energías para hacerlas mejores. Somos conscientes de lo peculiar de nuestra relación con el reino de la naturaleza. Por tanto, si creemos que no estamos sometidos a las leyes del universo material del mismo modo que el resto de la creación, ¿no deberíamos hacer también de la bondad, la compasión, la libertad, la solidaridad y el respeto a cada persona un elemento esencial de nuestra visión de un futuro más humano?

La religión, además, al recordarnos la limitación y la debilidad del hombre, nos impulsa también a no poner nuestras esperanzas últimas en este mundo que pasa. El hombre «es igual que un soplo; sus días una sombra que pasa» (Sal 143, 4). Todos nosotros hemos experimentado la desilusión por no haber logrado cumplir aquel bien que nos propusimos realizar y la dificultad de tomar la decisión justa en situaciones complejas. La Iglesia comparte estas consideraciones con las otras religiones. Impulsada por la caridad, se acerca al diálogo en la convicción de que la verdadera fuente de la libertad se encuentra en la persona de Jesús de Nazaret. Los cristianos creen que es Él quien nos revela completamente las capacidades humanas para la virtud y el bien; Él es quien nos libera del pecado y de las tinieblas. La universalidad de la experiencia humana, que transciende las fronteras geográficas y los límites culturales, hace posible que los seguidores de las religiones se comprometan a dialogar para afrontar el misterio de las alegrías y los sufrimientos de la vida. Desde este punto de vista, la Iglesia busca con pasión toda oportunidad para escuchar las experiencias espirituales de las otras religiones. Podríamos afirmar que todas las religiones aspiran a penetrar el sentido profundo de la existencia humana, reconduciéndolo a un origen o principio externo a ella. Las religiones presentan un tentativo de comprensión del cosmos, entendido como procedente de dicho origen o principio y encaminado hacia él. Los cristianos creen que Dios ha revelado este origen y principio en Jesús, al que la Biblia define «Alfa y Omega» (cf. Ap 1, 8; 22, 1).

Queridos amigos, he venido a Australia como embajador de paz. Por eso me alegra encontrarme con vosotros que también compartís este anhelo y el deseo de ayudar al mundo a conseguir la paz. Nuestra búsqueda de la paz procede estrechamente unida a la búsqueda del sentido, pues descubriendo la verdad es como encontramos el camino hacia la paz (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2006). Nuestro esfuerzo para llegar a la reconciliación entre los pueblos brota y se dirige hacia esa verdad que da una meta a la vida. La religión ofrece la paz, pero -lo que es más importante aún- suscita en el espíritu humano la sed de la verdad y el hambre de la virtud. Que podamos animar a todos, especialmente a los jóvenes, a contemplar con admiración la belleza de la vida, a buscar su último sentido y a comprometerse en realizar su sublime potencial.

Con estos sentimientos de respeto y aliento os confío a la providencia de Dios omnipotente, y os aseguro mi oración por vosotros y por vuestros seres queridos, por los miembros de vuestras comunidades y por todos los habitantes de Australia.

[Traducción del original inglés distribuida por la Santa Sede

miércoles, 4 de junio de 2008

Medios de comunicación, el nuevo instrumento el Papa para promover ecumenismo y diálogo

Ecumenismo y diálogo El portavoz explica el servicio que prestan al ministerio de Benedicto XVI


TORONTO, martes, 3 junio 2008 (ZENIT.org).- Una de las máximas prioridades de Benedicto XVI es la búsqueda de la unidad de los cristianos, y las instituciones de medios de comunicación de la Santa Sede están para apoyar este objetivo, afirma el portavoz vaticano.

El jesuita Federico Lombardi, director de la Oficina de Información vaticana, de "Radio Vaticano" y del Centro Televisivo Vaticano, ilustró este viernes la acción de estos instrumentos de comunicación de la Iglesia en el "Desayuno de Líderes de Empresa Católicos" celebrado en Toronto.

"Desde su primer discurso en la Capilla Sixtima, a la mañana siguiente a su elección --dijo--, Benedicto XVI afirmó claramente que el ecumenismo --la búsqueda de la unidad con otras denominaciones cristianas-- es una de las mayores prioridades de su pontificado".

El portavoz dijo que el viaje del Papa en 2006 a Estambul, en el que se encontró con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, "fue el signo más evidente de este propósito ecuménico" y la cobertura que ofrecieron los medios vaticanos lo confirma.

El padre Lombardi indicó que "todas las celebraciones, incluyendo el encuentro entre el Papa y el patriarca, fueron transmitidas mundialmente desde el Centro Televisivo Vaticano con comentario en directo en seis lenguas diferentes".

Este es el "ejemplo perfecto de cómo nosotros podemos poner las comunicaciones sociales al servicio del ecumenismo", añadió, explicando que en los comentarios participaron tanto católicos como ortodoxos.

Respecto al diálogo ecuménico con el Patriarcado Ortodoxo de Rusia, el padre Lombardi dijo que a pesar de las dificultades, hay "muchas relaciones en ciernes a partir de las cuales podemos alimentar la esperanza de que un día pronto llegaremos a un encuentro al más alto nivel".

Compartió su implicación en la emisión de un documental de una hora sobre Benedicto XVI en la televisión nacional de Rusia: "Este documental fue una coproducción entre ortodoxos y católicos, y contenía un mensaje en ruso pronunciado por el mismo Papa para el pueblo ruso".

"Naturalmente, una producción de esta clase era una "absoluta primicia", y no podría haber sucedido sin el consentimiento del Patriarca ortodoxo de Moscú, reveló el portavoz.

En cuanto a las relaciones con el Judaísmo y el Islam, el padre Lombardi dijo que Benedicto XVI "desea un sincero diálogo, que no esconda los verdaderos problemas".

Subrayó las visitas del Pontífice a dos sinagogas --en Colonia y en Nueva York--, y sus visitas al campo de exterminio de Auschwitz y al memorial de las víctimas judías del nazismo en Viena.

"Me gustaría recordar que, en sus 24 años de pontificado, Juan Pablo II visitó una sinagoga, la sinagoga de Roma, mientras que Benedicto XVI en tres años ya ha visitado dos. Por consiguiente, está haciendo progresos en el camino allanado por su predecesor", dijo el padre Lombardi.

"Esto es también verdad respecto a las mezquitas: Juan Pablo II visitó una después de 20 años de pontificado; Benedicto ya ha visitado una después de un año y medio", añadió.

Reconociendo que la relación con el Islam se hizo difícil a causa de las interpretaciones del discurso de Benedicto XVI en Ratisbona en 2006, el padre Lombardi observó que ahora la crisis se ha superado y se ha provocado "una intensa reflexión dentro del mundo musulmán".

El jesuita compartió también "un signo positivo y entusiasmante de esperanza" procedente de la relación del Vaticano con China: el concierto del 7 de mayo en el Vaticano, donde la Orquesta Filarmónica de China y el Coro de la Ópera de Shangai ofrecieron un concierto al Papa emitido por la televisión china.

"No se puede ignorar que este evento --dijo el portavoz--, más allá de su significado cultural, representó un importante signo de buena relación y amistad. La orquesta china eligió interpretar una pieza importante, a la vez occidental y religiosa; el "Réquiem" de Mozart, así como una breve y bella canción popular china: "Flores de Jazmín".

"Hasta hace algunos años habría sido impensable que una orquesta china interpretara una pieza occidental y religiosa en un escenario internacional. El Papa asistió al concierto e hizo un breve pero significativo discurso sobre el arte como vehículo del diálogo entre pueblos y culturas, recordando con afecto a los católicos chinos".

Días después un terremoto letal golpeó a China y el Papa manifestó públicamente su simpatía y dolor. "El embajador chino en Roma me dijo que las palabras del Papa tuvieron un amplio impacto en todo el país -revela el padre Lombardi--. El Papa ya no es un extraño para el pueblo chino, sino una gran personalidad rodeada de atención y respeto".

"No se puede negar --concluye--, que este momento marca un signo concreto de esperanza".

Para ver la intervención del padre Lombardi en inglés: www.zenit.org/article-22778?l=english.

Traducido del inglés por Nieves San Martín

miércoles, 5 de septiembre de 2007

El ecumenismo necesita diálogo en la verdad y fraternidad, reconoce el Papa

Mensaje a la Asamblea Ecuménica Europea que se celebra en Rumania


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 5 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI considera que para que el ecumenismo pueda avanzar hacia la unidad plena y visible de los cristianos es necesario «el diálogo de la verdad» y «el encuentro en el signo de la fraternidad».

Pero estos dos elementos, aclara, necesitan el «ecumenismo espiritual», es decir, la conversión y la oración común por la unidad.

Estas es la propuesta que presenta a la Tercera Asamblea Ecuménica Europea, que se celebra en Sibiu (Rumania) del 4 al 9 de septiembre, sobre el tema «La luz de Cristo resplandece sobre todos los hombres. La esperanza de la renovación y de la unidad en Europa».

Las manifiesta en una carta que se leyó en la mañana de este miércoles ante los dos mil delegados y participantes católicos, ortodoxos, anglicanos, baptistas, luteranos, metodistas, pentecostales, reformados…

En la misiva, el obispo de Roma explica que «el verdadero diálogo se entreteje allí donde no hay sólo palabras sino también escucha, y donde en la escucha tiene lugar el encuentro, la relación y en la relación la comprensión intensa como profundización y transformación de nuestro ser cristiano».

«El diálogo, por tanto --aclara--, no sólo afecta al campo del saber y a aquello de lo que somos capaces de hacer. Más bien hace hablar al creyente, es más, al mismo Señor en medio de nosotros».

El Papa presenta así los «dos elementos que deben orientarnos en nuestro compromiso: el diálogo de la verdad y el encuentro en el signo de la fraternidad».

«Ambos tienen necesidad del ecumenismo espiritual como fundamento» y recuerda que el Concilio Vaticano II declara que la «conversión del corazón y la santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico».

La oración por la unidad, señala el Santo Padre, «permite a los cristianos de Europa mirar con nuevos ojos a Cristo y a la unidad de su Iglesia».

«Además, permite afrontar con valentía tanto los recuerdos dolorosos que no faltan en la historia europea, como los problemas sociales en la era del relativismo hoy ampliamente dominante».

Por este motivo, el Papa se dice convencido de que «el encuentro de Sibiu ofrecerá propuestas preciosas para continuar e intensificar la vocación específica de Europa, propuestas que tienen que ayudar después a construir un futuro mejor para su población».