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miércoles, 15 de abril de 2009

La resurrección de Jesús no es una teoría; dice el Papa en su mensaje pascual

Pronunciado desde el balcón de la Basílica de San Pedro antes unos 200 mil peregrinos


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 12 abril 2009 (ZENIT.org).- Benedicto XVI dedicó el mensaje de Pascua que pronunció desde el balcón de la Basílica de San Pedro del Vaticano a mostrar cómo la resurrección de Jesús no es una teoría o un mito, sino el hecho más significativo de la historia.

Ante los doscientos mil fieles que llenaban la plaza de San Pedro y calles adyacentes, el Papa consideró, por este motivo, que el anuncio de la Pascua despeja las zonas oscuras del "materialismo" y del "nihilismo", que parecen extenderse en las sociedades modernas.

En una mañana de cielo cubierto, el Santo Padre recogió "una de las preguntas que más angustian la existencia del hombre": "¿qué hay después de la muerte?".

La celebración de la Pascua, respondió, "nos permite responder a este enigma afirmando que la muerte no tiene la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa".

La resurrección de Jesús, aseguró, "no es una teoría, sino una realidad histórica revelada por el Hombre Jesucristo mediante su "pascua", su "paso", que ha abierto una "nueva vía" entre la tierra y el Cielo".

"No es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba", subrayó.

El obispo de Roma explicó que "el anuncio de la resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en que vivimos", refiriéndose en particular "al materialismo y al nihilismo, a esa visión del mundo que no logra transcender lo que es constatable experimentalmente, y se abate desconsolada en un sentimiento de la nada, que sería la meta definitiva de la existencia humana".

En efecto, aseguró, "si Cristo no hubiera resucitado, el 'vacío' acabaría ganando. Si quitamos a Cristo y su resurrección, no hay salida para el hombre, y toda su esperanza sería ilusoria".

Con la resurrección de Cristo, subrayó, "ya no es la nada la que envuelve todo, sino la presencia amorosa de Dios".

Ahora bien, siguió diciendo, si bien es verdad que la muerte ya no tiene poder sobre el hombre y el mundo, sin embargo "quedan todavía muchos, demasiados signos de su antiguo dominio".

Por este motivo, recalcó el Papa, Cristo "necesita no obstante hombres y mujeres que lo ayuden siempre y en todo lugar a afianzar su victoria con sus mismas armas: las armas de la justicia y de la verdad, de la misericordia, del perdón y del amor".


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lunes, 24 de diciembre de 2007

14 razones por las que Jesús es mejor que Santa Claus

- Santa vive en el Polo Norte
- Jesús vive en tu corazón

- Santa se pasea en trineo
- Jesús se pasea por el viento y camina sobre las aguas

- Santa viene una vez al año
- Jesús está siempre en tu vida

- Santa llena tus calcetines con regalitos
- Jesús atiende todas tus necesidades

- Santa baja por tu chimenea sin invitación
- Jesús toca a tu puerta y entra a tu corazón

- Para ver a Santa tienes que hacer fila
- Jesús está cerca siempre que haces una oración

- Santa te deja sentarte en sus piernas
- Jesús te deja descansar en sus brazos

- Santa no sabe tu nombre, solo dice: "Hola pequeño, cómo te llamas?"
- Jesús sabe tu nombre desde antes de que nacieras. Él sabe tu historia y tu futuro.

- Santa tiene una barriga enorme
- Jesús tiene un corazón lleno de amor

- Todo lo que Santa puede ofrecer es un Ho, Ho, Ho.
- Jesús ofrece salud, ayuda, esperanza y la vida eterna.

- Santa dice: "No llores".
- Jesús dice: "Deja tus preocupaciones en mí que Yo cuidaré de tí"

- Los pequeños ayudantes de Santa hacen juguetes
- Jesús da vida, repara corazones lastimados y une hogares rotos.

- Santa Puede hacerte sonreír
- Jesús te da alegría en tu vida

- Santa deja regalos debajo del árbol
- Jesús es nuestro regalo y murió en la cruz para darnos la salvación.

Es obvio que no puede haber una comparación real.
Necesitamos recordar a quien verderamente le da sentido a la Navidad
Necesitamos poner a Jesús de regreso en esta Navidad

"JESÚS ES LA VERDADERA RAZON DE ESTA ÉPOCA"


Visto en el boletín dominical de la Parroquia de San Antonio de Padúa en Chihuahua, México.

viernes, 21 de diciembre de 2007

No es posible ser discípulo de Cristo sin evangelizar, aclara el Papa

En diálogo y con pleno respeto por los demás


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 20 diciembre 2007 (ZENIT.org).- No es posible ser discípulo de Jesucristo sin ser «misionero, mensajero del Evangelio», aclara Benedicto XVI.

Así lo explicó en el discurso que dirigió a sus colaboradores en el Curia romana con motivo de la Navidad en el que repasó algunos de los grandes acontecimientos eclesiales de 2007, como la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Brasil sobre el tema: «Discípulos y misioneros de Cristo; para que en Él tengan la vida».

En su amplio análisis el pontífice recalcó la importancia del testimonio de la evangelización, subrayando al mismo tiempo la necesidad del diálogo y del pleno respeto de las creencias de los demás.

«Es indiscutible que todos tenemos que convivir y cooperar en la tolerancia y en el respeto recíprocos», aclaró, y la Iglesia católica «se compromete en esto con gran energía».

En este sentido, recordó la carta que le enviaron el 13 de octubre 138 líderes religiosos musulmanes «para testimoniar su compromiso común en la promoción de la paz en el mundo».

«Con alegría he respondido expresando mi adhesión convencida a estos nobles propósitos, , subrayando al mismo tiempo la urgencia de un compromiso común para la tutela de los valores del respeto recíproco, del diálogo y de la colaboración», dijo en alusión a la respuesta que ha enviado a los representantes musulmanes (Cf. Zenit, 29 de noviembre de 2007).

«El reconocimiento compartido de la existencia de un único Dios, Creador y Juez universal del comportamiento de cada uno, constituye el requisito para una acción común en defensa del efectivo respeto de la dignidad de todas las personas para construir una sociedad más justa y solidaria», observó.

El Santo Padre se preguntó, por tanto, si esta voluntad de diálogo y de colaboración significa que «ya no podemos transmitir el mensaje de Jesucristo, si ya no podemos proponer a los hombres y al mundo esta llamada y la esperanza que deriva de ella».

«¿Es todavía lícito evangelizar hoy? ¿No deberían más bien todas las religiones y concepciones del mundo convivir pacíficamente y tratar de hacer juntas lo mejor por la humanidad, cada una a su manera?», preguntó.

El obispo de Roma respondió indicando que «quien ha reconocido una gran verdad, quien ha encontrado una gran alegría, debe transmitirla, no puede guardársela».

Dones tan grande, de hecho, «nunca son destinados a una sola persona».

En Jesucristo «ha surgido para nosotros una gran luz» y «no podemos ponerla bajo el celemín, sino que tenemos que elevarla sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en casa».

«Para llegar a su cumplimiento, la historia tiene necesidad del anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos, a todos los hombres».

La evangelización, por tanto, se plantea como un elemento fundamental también hoy, dijo, explicando los motivos de la publicación de la reciente «Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización» de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

El Papa invita a descubrir en Navidad la potencia del amor de Cristo

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 12 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI deseó que esta Navidad sirva para descubrir la potencia del amor de Cristo.

Al final de la audiencia de este miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI, el pontífice dirigió un saludo particular a los jóvenes, enfermos y recién casados.

Dirigiéndose a los chicos y chicas presentes, les invitó a «disponer los corazones para acoger a Jesús, que nos salva con la potencia de su amor».

Al saludar a los enfermos, muchos de ellos en sillas de ruedas, reconoció que «en vuestra enfermedad experimentáis todavía más el peso de la cruz» y por ello les deseó que «las próximas fiestas navideñas les traigan serenidad y consuelo».

Por último, al despedirse de los recién casados, algunos con sus trajes de bodas, les exhortó: «creced cada vez más en ese amor que Jesús, en su Navidad, vino a traernos».

sábado, 8 de diciembre de 2007

Predicador del Papa: «Jesús de Nazaret, ¿"uno de los profetas"?»

Primera predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa OFM Cap


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 7 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la primera predicación de Adviento que, en presencia de Benedicto XVI, ha pronunciad el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia. Eje de estas meditaciones es el tema «Nos ha hablado por medio del Hijo» (Hebreos 1, 2); asisten también a este camino de preparación de la Navidad, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano, colaboradores del Santo Padre.

* * *

P. Raniero Cantalamessa


Adviento 2007 en la Casa Pontificia


Primera Predicación
JESÚS DE NAZARET, ¿«UNO DE LOS PROFETAS»?

1. La «tercera investigación»
«Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas: en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Hb 1, 1-3).

Este impulso de la Carta a los Hebreos constituye una síntesis grandiosa de toda la historia de la salvación. Está formada por la sucesión de dos tiempos: el tiempo en que Dios hablaba por medio de los profetas y el tiempo en que Dios habla por medio de su Hijo; el tiempo en que hablaba «por persona intermedia» y el tiempo en que habla «en persona». El Hijo, en efecto, es «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia», esto es, como se dirá más tarde, de la misma sustancia del Padre.

Existe continuidad y salto de calidad a la vez. Es el mismo Dios quien habla, la misma revelación; la novedad es que ahora el Revelador se hace revelación; revelación y revelador coinciden. La fórmula de introducción de los oráculos es la mejor demostración de ello: ya no «Dice el Señor», sino «Yo os digo».

A la luz de esta poderosa palabra de Dios que es Hebreos 1,1-3, busquemos, en esta predicación de Adviento, hacer un discernimiento de las opiniones que circulan actualmente sobre Jesús, fuera y dentro de la Iglesia, a fin de poder, en Navidad, unir sin reservas nuestra voz a la de la liturgia que proclama su fe en el Hijo de Dios venido a este mundo. Somos continuamente reconducidos al diálogo de Cesarea de Filipo: ¿para mí Jesús es «uno de los profetas» o es el «Hijo del Dios vivo»? (v. Mt 16,14-16).

En el campo de los estudios históricos sobre Jesús, se está viviendo la llamada «tercera investigación». Se denomina así para distinguirla tanto de la «antigua investigación» histórica de inspiración racionalista y liberal que dominó desde finales del siglo XVIII todo el siglo XIX, como de la llamada «nueva investigación histórica» que empezó hacia mediados del siglo pasado en reacción a la tesis de Bultmann que había proclamado el Jesús histórico inalcanzable y sobre todo irrelevante para la fe cristiana.

¿En qué se diferencia la «tercera investigación» de las precedentes? Ante todo en la convicción de que podemos saber del Jesús de la historia gracias a las fuentes, mucho más de cuanto en el pasado se admitía. Pero sobre todo la tercera investigación se diferencia en los criterios para alcanzar la verdad histórica sobre Jesús. Si antes se pensaba que el criterio fundamental de certificación de la verdad de un hecho o de un dicho de Jesús era que hubiera estado en contraste con cuanto se hacía o se pensaba en el mundo judaico contemporáneo a Él, ahora se ve, al contrario, en la compatibilidad de un dato evangélico con el judaísmo del tiempo. Si antes el sello de autenticidad de un dicho o de un hecho era su novedad e «inexplicabilidad» respecto al ambiente, ahora es, al contrario, su explicabilidad a la luz de nuestros conocimientos del judaísmo y de la situación social de la Galilea del tiempo.

Son evidentes algunas ventajas de esta nueva aproximación. Se reencuentra la continuidad de la revelación. Jesús se sitúa en el interior del mundo judaico, en la línea de los profetas bíblicos. Hace sonreír la idea de que hubo un tiempo en que se creía poder explicar todo el cristianismo con el recurso a influencias helenísticas.

El problema es que se ha llevado tan allá esta conquista que se ha convertido en pérdida. En muchos representantes de esta tercera investigación, Jesús acaba por diluirse completamente en el mundo judaico, sin distinguirse ya más que en algún detalle y por alguna interpretación particular de la Torá. Uno de los profetas judíos, o como gusta decir, de los «carismáticos itinerantes». Significativo el título de un ensayo famoso, el de J. D. Crossmann: «El Jesús histórico. La vida de un campesino judío del Mediterráneo».

Sin llegar a estos excesos, también el autor más conocido y, en cierto sentido, iniciador de la tercera investigación, E. P. Sanders, se encuentra en esta línea [1]. Encontrada de nuevo la continuidad, se ha perdido la novedad. La divulgación, también entre nosotros, en Italia, ha hecho el resto, difundiendo la imagen de un Jesús judío entre judíos, que no hizo casi nada nuevo, pero del que se sigue diciendo (no se sabe cómo) que «cambió el mundo».

Se continúa reprochando a las generaciones de estudiosos del pasado haberse construido cada vez una imagen de Jesús según la moda o los gustos del momento, y no se percibe que se prosigue en la misma línea. Esta insistencia en el Jesús judío entre judíos, de hecho, depende al menos en parte del deseo de reparar los errores históricos cometidos contra este pueblo y de favorecer el diálogo entre judíos y cristianos. Un óptimo objetivo que se persigue, como veremos enseguida, con un medio (por el modo en que se utiliza) equivocado. Se trata en efecto de una tendencia sólo aparentemente filo-judaica. En realidad se termina por cargar al mundo judaico con una responsabilidad más: la de no haber reconocido a uno de ellos, uno cuya doctrina era perfectamente compatible con cuanto el mismo creía.

2. El rabino Neusner y Benedicto XVI
Quien ha evidenciado lo iluso de esta aproximación con la finalidad de un verdadero diálogo entre judaísmo y cristianismo ha sido precisamente un judío, el rabino americano Jacob Neusner. Quien haya leído el libro del Papa Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret sabe ya mucho sobre el pensamiento de este rabino, con quien dialoga en uno de los capítulos más apasionantes del libro. Lo reevoco en sus puntos principales.

El conocidísimo estudioso judío escribió un libro titulado «Un rabino habla con Jesús». En él imagina ser un contemporáneo de Cristo que un día se suma a la multitud que le sigue y escucha el sermón de la montaña. Explica por qué, aún fascinado por la doctrina y por la persona del Galileo, al final comprende, a su pesar, que no puede hacerse discípulo suyo y decide permanecer como discípulo de Moisés y seguidor de la Torá.

Todos los motivos de su decisión al final se reducen a uno solo: para aceptar lo que este hombre dice ha que reconocerle la misma autoridad de Dios. Él no se limita a «cumplirla», sino que sustituye la Torá. Impresionante el intercambio de ideas que el rabino, desde el encuentro con Jesús, tiene con su maestro en la sinagoga:

Maestro: «¿Ha descuidado algo [de la Torá] tu Jesús?»
Rabino Neusner: «Nada»
Maestro: «¿Entonces ha añadido algo?»
Rabino Neusner: «Sí, a sí mismo»

Interesante coincidencia: es la misma respuesta que san Ireneo daba en el siglo II a quienes se preguntaban qué había traído Cristo de nuevo, al venir al mundo. «Ha traído --escribía-toda novedad, trayéndose a sí mismo»: «omnem novitatem attulit semetipsum afferens» [2].

Neusner ha sacado a la luz la imposibilidad de hacer de Jesús un judío «normal» de su tiempo, o uno que se aparta de aquél sólo en puntos de importancia secundaria. Tuvo también otro grandísimo mérito: mostrar la inanidad de todo intento de separar al Jesús de la historia del Cristo de la fe. Hace ver cómo la crítica puede quitar del Jesús de la historia todos los títulos: negar que se haya (o que le hayan) atribuido, en su vida terrena, el título de Mesías, de Señor, de Hijo de Dios. Después de que se le haya quitado todo lo que se quiera, lo que permanece en los evangelios es más que suficiente para demostrar que no se consideraba un simple hombre. Igual que basta con un fragmento de cabello, una gota de sudor o de sangre para reconstruir el ADN completo de una persona, también basta con un dicho, tomado casi por casualidad, del evangelio para demostrar la conciencia que Jesús tenía de actuar con la misma autoridad de Dios.

Neusner, como buen judío, sabe qué quiere decir: «El Hijo del hombre es señor también del sábado», porque el sábado es la «institución» divina por excelencia. Sabe qué implica decir: «Si quieres ser perfecto ven y sígueme»: quiere decir sustituir el antiguo paradigma de santidad, que consiste en la imitación de Dios («Sed santos porque yo, vuestro Dios, soy santo»), con el nuevo paradigma que consiste en la imitación de Cristo. Sabe que sólo Dios puede suspender la aplicación del cuarto mandamiento como hace Jesús cuando pide a uno que renuncie a sepultar a su padre. Comentando estos dichos de Jesús, Neusner exclama: «Es el Cristo de la fe el que habla aquí» [3].

En su libro el Papa responde ampliamente y, para un creyente, de forma convincente e iluminadora, a la dificultad del rabino Neusner. Su respuesta me hace pensar en la que Jesús mismo dio a los que envió donde Juan el Bautista a preguntarle: «¿Eres tú quien debe venir o debemos esperar a otro?». Jesús, en otras palabras, no sólo reivindicó para sí una autoridad divina, sino que también dio señales y garantías de ello: los milagros, su propia enseñanza (que no se agota en el sermón de la montaña), el cumplimiento de las profecías, sobre todo aquella pronunciada por Moisés de un profeta semejante o superior a él; después su muerte, su resurrección y la comunidad nacida de Él que realiza la universalidad de la salvación anunciada por los profetas.

3. «Exhortaos mutuamente»
Sería necesario, en este punto, observar algo: el problema de la relación entre Jesús y los profetas no se plantea sólo en el contexto del diálogo entre cristianismo y judaísmo, sino también dentro de la propia teología cristiana, donde no han faltado intentos de explicar la personalidad de Cristo con el recurso a la categoría de profeta. Estoy convencido de la radical insuficiencia de una cristología que pretenda aislar el título de profeta y refundar sobre él todo el edificio de la cristología.

Además, este intento no es en absoluto nuevo. Lo propuso en la antigüedad Pablo de Samosata, Fotino y otros en términos a veces casi idénticos. Entonces, en una cultura de orientación metafísica, se hablaba del mayor profeta; actualmente, en una cultura de orientación histórica, se habla de profeta escatológico. ¿Pero es tan distinto escatológico de supremo? ¿Puede uno ser el mayor profeta sin ser también el profeta definitivo, y puede el profeta definitivo no ser asimismo el mayor de los profetas?

Una cristología que no va más allá de la categoría de Jesús como «profeta escatológico» constituye, sí, como está en las intenciones de quien la propone, una actualización del dato antiguo, pero no del dato definido por los concilios, sino del dato condenado por los concilios.

Sobre este problema no insisto, que lo traté en años pasados en esta misma sede [4]. Más bien desearía pasar inmediatamente a alguna aplicación práctica de las reflexiones hechas hasta ahora que nos ayude a hacer del Adviento un tiempo de conversión y de despertar espiritual.

La conclusión que la Carta a los Hebreos saca de la superioridad de Cristo sobre los profetas y sobre Moisés no es una conclusión triunfalista, sino parenética; no insiste en la superioridad del cristianismo, sino en la mayor responsabilidad de los cristianos ante Dios. Dice:

«Por tanto, es preciso que prestemos mayor atención a lo que hemos oído, para que no nos extraviemos. Pues si la palabra promulgada por medio de ángeles obtuvo tal firmeza que toda trasgresión y desobediencia recibió justo castigo, ¿cómo saldremos absueltos nosotros si descuidamos tan gran salvación?» (Hb 2, 1-3). «Antes bien, exhortaos mutuamente cada día mientras dure este "hoy", para que ninguno de vosotros se endurezca seducido por el pecado» (Hb 3, 13).

Y en el capítulo 10 añade: «Si alguno viola la ley de Moisés, es "condenado a muerte" sin compasión, "por la declaración de dos o tres testigos". ¿Cuánto más grave castigo pensáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios, y tuvo como profana "la sangre de la alianza" que le santificó, y ultrajó al Espíritu de la gracia?» (Hb 10, 28-29).

La palabra con la que, recogiendo la invitación del autor, deseamos exhortarnos mutuamente es la que la liturgia nos ha hecho escuchar el pasado domingo y que da el tono a toda la primera semana de Adviento: «¡Velad!». Es interesante observar algo. Cuando se retoma en la catequesis apostólica después de Pascua, esta palabra de Jesús se encuentra casi siempre dramatizada: no velad, sino despertad, ¡espabilaos del sueño! Del estado de vigilia se pasa al acto de despertarse.

Existe en la base la constatación de que en esta vida estamos crónicamente expuestos a recaer en el sueño, o sea, en un estado de suspensión de las facultades, de adormecimiento y de inercia espiritual. Las cosas materiales tienen un efecto narcotizante en el alma. Por eso Jesús recomienda: «¡Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida!» (Lc 21, 34).

Puede servirnos de útil examen de conciencia volver a escuchar la descripción que san Agustín hace de este estado de duermevela en las Confesiones: «El fardo del mundo me oprimía como en un deleitoso sueño; y los pensamientos que de Ti me venían eran como esos intentos por despertar que a veces tenemos y que son vencidos por la pesadez del sueño [...]. Así tenía yo por cierto que es mejor entregarme a tu amor que ceder a mis apetitos; pero si tu amor me atraía no llegaba a vencerme, y el apetito, porque me agradaba, me tenía vencido. No tenía respuesta que darte cuando me decías: "¡Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo!" (Ef 5,14). Y mientras tú me rodeabas con la verdad por todas partes y de ella estaba totalmente convencido, no tenía para responderte sino lentas palabras llenas de sueño: "Si, ya voy, ahora voy; pero, ¡aguárdame un poquito!". Y mientras tanto pasaba el tiempo» [5] .

Sabemos cómo el santo salió al final de este estado. Se encontraba en un jardín en Milán, lacerado por esta lucha entre la carne y el espíritu; oyó las palabras de un canto: «Tolle, lege, tolle, lege». Las tomó como una invitación divina; tenía consigo el libro de las cartas de Pablo; lo abrió decidido a tomar como palabra de Dios para él el primer pasaje sobre el que cayera. Y fue sobre el texto que hemos escuchado el domingo pasado, en la segunda lectura de la Misa:

«Ya es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada; el día se avecina; despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestios más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias» (Rm 13, 11-14). Una luz de serenidad atravesó el cuerpo y el alma de Agustín y comprendió que, con la ayuda de Dios, podía vivir casto.

4. «Dame castidad y continencia»
El caso de Agustín me lleva a introducir en mi reflexión una nota de actualidad. La semana pasada se emitió en «Rai Uno» un espectáculo del cómico Roberto Benigni que registró una audiencia elevadísima. Se trató, en momentos, de una lección de altísima comunicación religiosa, además de artística y literaria, de la que tanto tendríamos que aprender los predicadores: capacidad de dar voz al sentido de lo eterno del hombre, la maravilla frente al misterio, al arte, a la belleza y al simple hecho de existir.

Lamentablemente, sobre un punto, tal vez no premeditado, el cómico lanzó un mensaje que podría ser muy peligroso para los jóvenes y que hay que rectificar. Para apoyar su invitación a no tener miedo de las pasiones, a experimentar el vértigo del amor también en su aspecto carnal, citó la frase de Agustín que dice: «Dame la castidad y la continencia, pero no ahora» [6] . Como si antes hubiera que probar de todo y después, quien sabe si ya ancianos, cuando no cuesta esfuerzo, practicar la castidad.

No dijo el cómico hasta qué punto Agustín se tuvo que arrepentir después de haber hecho, siendo joven, aquella plegaria, y cuántas lágrimas le costó arrancarse la esclavitud a la que se había entregado. No recordó la oración con la que el santo sustituyó la otra, una vez reconquistada la libertad: «Tú me mandas que sea casto; pues bien: dame lo que me pides y pídeme lo que quieras» [7].

No creo que los jóvenes de hoy necesiten ánimos para «lanzarse», para «experimentar», para romper límites (todo les empuja directamente en esta dirección con los trágicos resultados que conocemos). Tienen necesidad de que se les den motivaciones válidas, no ciertamente a temer su cuerpo y el amor, sino a tener miedo de destruir uno y otro.

En el canto del Infierno que el cómico comentó admirablemente, Dante brinda una de estas motivaciones profundas, sobre la que, sin embargo, se ha pasado de largo. El mal es someter la razón al instinto, en lugar del instinto a la razón. «Supe que a un tal tormento / sentenciados eran los pecadores carnales / que la razón al deseo sometieron». El deseo tiene su función si es regulado por la razón; en caso contrario se convierte en el enemigo, no en el aliado, del amor, llevando a los crímenes más brutales de los que las crónicas recientes nos han dado ejemplos.

Pero vayamos más directamente a nuestra reflexión. La vida espiritual no se reduce ciertamente sólo a la castidad y a la pureza; sin embargo es verdad que sin ellas todo esfuerzo en otras direcciones resulta imposible. Se trata, verdaderamente, como la llama Pablo en el texto citado, un «arma de la luz»: una condición para que la luz de Cristo se difunda alrededor de nosotros y a través de nosotros.

Hoy se tiende a contraponer entre sí los pecados contra la pureza y los pecados contra el prójimo, y se tiende a considerar verdadero pecado sólo aquél contra el prójimo; se ironiza, a veces, sobre el culto excesivo dado en el pasado a la «bella virtud». Esta actitud, en parte, es explicable; la moral había acentuado demasiado unilateralmente, con anterioridad, los pecados de la carne hasta crear, a veces, auténticas neurosis, en perjuicio de la atención a los deberes hacia el prójimo y también en perjuicio de la misma virtud de la pureza que era, de tal manera, empobrecida y reducida a virtud casi sólo negativa, la virtud de saber decir no.

Pero ahora se ha pasado al exceso opuesto y se tiende a minimizar los pecados contra la pureza en beneficio (frecuentemente sólo verbal) de una atención al prójimo. Es iluso creer que se puede armonizar un auténtico servicio a los hermanos --que requiere siempre sacrificio, altruismo, olvido de sí y generosidad-- y una vida personal desordenada, toda orientada a complacerse a uno mismo y a las propias pasiones. Se acaba, inevitablemente, por instrumentalizar a los hermanos, como se instrumentaliza el propio cuerpo. No sabe decir «sí» a los hermanos quien no sabe decir «no» a uno mismo.

Una de las «excusas» que más contribuyen a favorecer el pecado de impureza, en la mentalidad de la gente, y a descargarlo de toda responsabilidad es que, total, no hace mal a nadie, no viola los derechos ni las libertades de los demás, a menos --se dice-- que se trate de violencia carnal. Pero aparte del hecho de que viola el derecho fundamental de Dios de dar una ley a sus criaturas, esta «excusa» es falsa también respecto al prójimo. No es verdad que el pecado de impureza se quede en quien lo comete.

En el «Talmud» judaico se lee un apólogo que ilustra bien la solidaridad que existe en el pecado y el daño que cada pecado, incluso personal, acarrea a los demás: «Algunas personas se encontraban a bordo de una barca. Una de ellas tomó un taladro y empezó a hacer un agujero. Los demás pasajeros, al verlo, le dijeron: - ¿Qué heces? - Él respondió: - ¿Qué os importa? ¿Acaso no es bajo mi asiento donde estoy perforando? - Pero ellos replicaron: - ¡Sí, pero el agua entrará y nos anegará a todos!». ¿No es lo que está ocurriendo en nuestra sociedad? También la Iglesia sabe algo del mal que se puede ocasionar a todo el Cuerpo con los errores personales cometidos en este terreno.

Uno de los acontecimientos espirituales de mayor relevancia de estos últimos meses ha sido la publicación de los «escritos personales» de la Madre Teresa de Calcuta. El título elegido para el libro que los reúne es la palabra que Cristo le dirigió en el momento de llamarla a su nueva misión: «Come, be my light»; Ven, sé mi luz en el mundo. Es una palabra que Jesús dirige a cada uno de nosotros y que, con la ayuda de la Virgen Santísima y la intercesión de la beata de Calcuta, queremos recibir con amor y procurar poner en práctica este Adviento.

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[1] E.P. Sanders, Jesus and Judaism, London 1985, trad. italiana Gesù e il giudaismo, Marietti 1992.
[2] S. Ireneo, Adv. Haer. IV,34,1
[3] J. Neusner, op. cit. 84.
[4] V. Meditaciones de Adviento de 1989 recogidas en el libro Gesú Cristo, il Santo di Dio, cap. VII, Edizioni San Paolo 1999.
[5] S. Agustín, Confesiones, VIII, 5,12.
[6] S. Agustín, Confesiones, VIII, 6,17.
[7] Ib. X, 29:

Traducción del original italiano por Marta Lago

lunes, 5 de noviembre de 2007

La amistad con Jesús es lo "más grande”, dice el Papa en Misa por Cardenales difuntos

Misa en la basílica vaticana por los Cardenales y Obispos fallecidos a lo largo del año


Benedicto XVI durante la Misa esta mañana en la basílica vaticana

.- Al presidir esta mañana en la basílica de San Pedro una Misa en sufragio por los Cardenales y Obispos que partieron a la Casa del Padre a lo largo de este año, el Papa Benedicto XVI destacó que pese a haber tenido características distintas, todos ellos tuvieron en común “la cosa más grande: la amistad con el Señor Jesús”.

En la Misa concelebrada por los miembros del colegio cardenalicio, y que tradicionalmente se lleva a cabo durante el mes de noviembre, el Santo Padre recordó a los purpurados que fallecieron en los doce últimos meses: Salvatore Pappalardo, Frédéric Etsou-Nzabi Bamungwabi, Antonio María Javierre, Angelo Felici, Jean-Marie Lustiger, Edouard Gagnon, Adam Kozłowiecki y Rosalio José Castillo Lara.

El Pontífice invitó a dar gracias a Dios "por el don que ha hecho a la Iglesia a través de ellos y por todo el bien que han podido realizar con su ayuda. Igualmente –dijo– confiamos al Padre Eterno a los patriarcas, arzobispos y obispos difuntos, expresando también para ellos nuestro reconocimiento en nombre de toda la comunidad católica".

Durante su homilía, el Papa señaló que estos hermanos nuestros, "han sido ciertamente hombres con características distintas, tanto por las vicisitudes personales como por el ministerio que han ejercido; sin embargo, todos han tenido en común la cosa más grande: la amistad con el Señor Jesús".

Al comentar el salmo responsorial, "Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?", el Santo Padre dijo que "esta sed contiene una verdad que no traiciona, una esperanza que no defrauda. Es una sed que, también a través de la noche más oscura, ilumina el camino hacia la fuente de la vida".

Benedicto XVI señaló que a la luz del misterio pascual del Señor Jesús, las palabras de esperanza del salmo revelan que “ni siquiera la muerte puede hacer vana la esperanza del creyente, porque Cristo ha entrado para nosotros en el santuario del cielo, y nos quiere conducir allí tras habernos preparado un lugar”.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Cuando le abrimos el corazón, Jesús transforma nuestra vida, constata el Papa

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Con la apertura total de nuestro corazón, Jesús puede transformar y purificar nuestra vida, anima Benedicto XVI.

Cincuenta mil fieles y peregrinos acudieron a rezar el Ángelus al Vaticano, en la Plaza de San Pedro, con el Papa, quien profundizó en la enseñanza del Evangelio de este domingo, sobre el encuentro de Jesús con Zaqueo.

Y recordó que éste, aún rico, estaba considerado públicamente como pecador y era despreciado por todos. Pero Zaqueo tuvo gran deseo de ver a Jesús en Jericó.

El Señor «se dirigió a él llamándole por su nombre: “Zaqueo, baja pronto; porque hoy debo quedarme en tu casa”. ¡Qué mensaje en esta sencilla frase!», reconoció Benedicto XVI.

«Jesús llama por su nombre a un hombre despreciado de todos», y «hoy», precisamente éste, «es para él el momento de la salvación» --desgranó--; y es que «el Padre, rico de misericordia, quiere que Jesús vaya a “buscar y salvar lo que estaba perdido”».

«La gracia de aquel encuentro imprevisible fue tal que cambió completamente la vida de Zaqueo», subrayó el Papa.

Nos hallamos ante una página del Evangelio que nuevamente «nos dice que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo», constató.

Al saludar a los peregrinos presentes en lengua española, Benedicto XVI insistió en que el encuentro de Zaqueo «con el Señor transforma y purifica su vida pasada».

«Igual quiere hacer Él con nosotros cuando le abrimos totalmente nuestro corazón», concluyó.

sábado, 20 de octubre de 2007

Jesús innovó la laicidad, afirma el Papa

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 19 octubre 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha explicado que Jesús aportó una «novedad sustancial» para comprender el término laicidad.

En un mensaje enviado con motivo del centenario de la primera Semana Social de los Católicos Italianos este viernes, invita a los católicos a «interrogarse» sobre este concepto utilizado para diferenciar los ámbitos «entre la religión y la política».

«La novedad sustancial ofrecida por Jesús es que abrió el camino hacia un mundo más humano y más libre, en el pleno respeto de la distinción y de la autonomía que existe entre lo que es del César y lo que es de Dios», afirmó citando el pasaje evangélico de Mateo (22,21).

«La Iglesia, por tanto, si bien por una parte reconoce que no es un agente político, por otra no puede dejar de interesarse por el bien de toda la comunidad civil, en la que vive y trabaja».

La «contribución peculiar» que ofrece la Iglesia, en este sentido, concluyó, consiste en formar «en las clases políticas y empresariales un genuino espíritu de verdad y honestidad, orientado a la búsqueda del bien común, y no del beneficio personal».

viernes, 7 de septiembre de 2007

Predicador del Papa: Quien busca a Jesús sin la cruz, encontrará la cruz sin Jesús

Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo


ROMA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).-Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo, XXIII del tiempo ordinario.


Sabiduría 9, 13-18b; Filemón 9b-10.12-17; Lucas 14, 25-33
Si uno me sigue...


El pasaje del Evangelio de este domingo es uno de esos que dan la tentación de ser dulcificados por parecer demasiado duro para los oídos: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre…». Ante todo hay algo que aclarar: ciertamente el Evangelio es en ocasiones provocante, pero nunca contradictorio. Poco después, en el mismo Evangelio de Lucas, Jesús recuerda con fuerza el deber de honrar al padre y a la madre (Cf. Lucas 18 20) y a propósito del marido y la mujer, dice que tienen que ser una sola carne y que el hombre no tiene derecho de separar lo que Dios ha unido. Entonces, ¿cómo puede decirnos ahora que hay que odiar al padre y a la madre, a la mujer, a los hijos y a los hermanos?

Hay que tener en cuenta un hecho. En hebreo no hay comparativo de superioridad o de inferioridad (amar a alguien más o menos que a otra persona); simplifica y reduce todo a «amar» u «odiar». La frase «si alguno viene donde mí y no odia a su padre y a su madre» debe entenderse, por tanto, en este sentido: «si alguno viene donde mí sin preferirme a su padre y a su madre». Para darse cuenta de esto basta leer el mismo pasaje del Evangelio de Mateo donde dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10, 37).

Sería totalmente equivocado pensar que este amor por Cristo está en competencia con los diferentes amores humanos: por los padres, el cónyuge, los hijos, los hermanos. Cristo no es un «rival en el amor» de nadie y no tiene celos de nadie.

En la obra «El zapato de raso» de Paul Claudel, la protagonista, cristiana fervorosa pero al mismo tiempo locamente enamorada de Rodrigo, exclama interiormente, como si le costara creerse a sí misma: «Por tanto, ¿está permitido este amor por las criaturas? ¿Verdaderamente Dios no tiene celos?». Y su ángel de la guarda le responde: «¿Cómo podría ser celoso de lo que ha hecho él mismo?» (acto III, escena 8).

El amor por Cristo no excluye los demás amores sino que los ordena. Es más, en él todo amor genuino encuentra su fundamento, su apoyo y la gracia necesaria para ser vivido hasta el final. Este es el sentido de la «gracia de estado» que confiere el sacramento del matrimonio a los cónyuges cristianos. Asegura que, en su amor, serán apoyados y guiados por el amor que Cristo tuvo por su esposa, la Iglesia.

Jesús no hace ilusiones a nadie, pero tampoco desilusiona a nadie; pide todo porque quiere darlo todo; es más, lo ha dado todo. Uno podría preguntarse: ¿pero cómo puede este hombre, que vivió hace veinte siglos en un rincón perdido del planeta, pedirnos a todos este amor absoluto? La respuesta, sin necesidad de remontarnos muy lejos, se encuentra en su vida terrena que conocemos por la historia: él fue el primero en darlo todo por el hombre: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros» (Cf. Efesios 5, 2).

En este mismo pasaje del Evangelio, Jesús nos recuerda también cuál es el test y la prueba del verdadero amor por él: «cargar con la propia cruz». Cargar con la propia cruz no significa buscar sufrimientos. Cristo tampoco se puso a buscar su cruz; en obediencia a la voluntad del Padre la cargó sobre sí cuando los hombres se la pusieron a espaldas, transformándola con su amor obediente de instrumento de suplicio en signo de redención y de gloria. Jesús no vino a aumentar las cruces humanas, sino más bien a darles un sentido. Con razón, se ha dicho que «quien busca a Jesús sin la cruz, encontrará la cruz sin Jesús», es decir, de todos modos encontrará la cruz, pero sin la fuerza para cargar con ella.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

miércoles, 29 de agosto de 2007

«Jesús de Nazaret» de Benedicto XVI

Por monseñor Demetrio Fernández


TARAZONA, martes, 28 agosto 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, sobre el libro «Jesús de Nazaret» de Benedicto XVI que este martes se ha publicado en España. * * *

Por fin, aparece en español el libro escrito por el Papa sobre Jesús. Cuestiones de tipo técnico en la traducción han retrasado su aparición en la lengua de Cervantes, aunque muchos han podido leerlo en otras lenguas cercanas, desde el 16 abril de este año en que salió a la luz pública, coincidiendo con el 80 cumpleaños de J. Ratzinger y el segundo aniversario de su elección pontifica.

He tenido la posibilidad de leerlo este verano para presentarlo en un curso de formación permanente, y me ha encantado.

Me sitúo, como lo hace el autor, en la perspectiva del teólogo. Es decir, no se trata de un acto de magisterio pontificio, sino de una disertación de quien ha dedicado muchas horas en su vida a buscar el «rostro del Señor». El hecho de que no sea un acto pontificio, no quiere decir que deje de ser el acto de un creyente. Y de un creyente enamorado de su Señor. La fe no es un estorbo para la teología, sino el clima más propicio para penetrar en el misterio con la razón, que busca entender lo que la fe le presenta.

Me ha llamado especialmente la atención su actitud ante el método histórico-crítico, cuyas aportaciones han sido muy importantes, pero que tiene sus propios límites, que el Papa pretende superar. Han corrido ríos de tinta desde la búsqueda de la historia de Jesús en la «old quest» de los siglos XVIII y XIX, pasando por la «new quest» de Barth y Bultmann en el siglo XX, hasta la «third quest» de hace unos 15 años. La ruptura entre la fe y la historia, consolidada por Bultmann, ha producido una situación dramática para la fe en nuestros días y ha llevado a la proliferación de fábulas noveladas sobre Jesús con grandes éxitos editoriales. Se ha creado un clima de nuevo gnosticismo, que disuelve el misterio con relatos que no se ajustan a la historia real.

Por eso, importa -y mucho- la historia de Jesús. Al creyente –y al historiador- le importa la auténtica historia, no la que inventan las novelas de nuestro tiempo. El Papa habla de esa historia, tomando los mejores resultados de la exégesis actual. Jesús es Dios, Jesús vive la conciencia de ser el Hijo único del Padre. En el centro de su evangelio está el Padre y está el mismo Jesús que nos lo revela. La fe del cristiano en Jesús como su Señor no es una invención de la primera comunidad, sino que radica en la conciencia misma de Jesús, que los apóstoles nos han transmitido y ampliado.

«A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha revelado» (Jn 1,18). Jesús ha llevado a cabo esta revelación desde el seno del Padre, como quien ve al Padre. Esa Palabra del Padre se ha hecho carne, se ha hecho palabra humana, se ha hecho inteligible para los hombres. Los evangelios nos presentan el verdadero rostro de Jesús, no son una novela ni un relato fingido. El libro de J. Ratzinger - Benedicto XVI nos ayudará a conocerlo, porque está escrito por un teólogo que entiende mucho del tema y va presentando de manera sencilla lo que es fruto de muchas horas de investigación, y está escrito por un enamorado que ha encontrado el rostro de Dios y ayudará a nuestros contemporáneos a encontrarlo en Jesús de Nazaret.

+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona