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jueves, 29 de noviembre de 2007

Cardenal Robles Ortega saluda a fieles mexicanos a través de Internet

.- El recientemente creado Cardenal y Arzobispo de Monterrey, Francisco Robles Ortega, envió desde Roma un saludo en formato de video a los feligreses a través del sitio web de su Arquidiócesis, expresando su cercanía y agradecimiento.

"Muy queridos hermanos y hermanas, fieles de la Iglesia de Monterrey: una vez que ha pasado la celebración del Consistorio en torno al Papa Benedicto XVI, me dirijo a ustedes de nuevo para enviarles un saludo y mi agradecimiento por su cercanía y por acompañarme con su intensa oración", manifestó el Purpurado.

En el video, el Arzobispo les aseguró haberlos tenido "muy presentes en la realización de este acontecimiento (la creación Cardenalicia) con mi oración y con mi afecto".

"Desde aquí los saludos a todos, especialmente a los enfermos, a los que sufren en el lecho del dolor, a los que están solos en sus hogares, a los que están en algún hospital, a los que están en la cárcel, a todos los que sufren por algún motivo los tengo muy cerca de mi corazón", expresó.

En ese sentido, tras saludar a "mi queridísimo hermano, el Señor Arzobispo Emérito, Cardenal Adolfo Suárez Rivera", y a los obispos auxiliares, Mons. José Lizarez Estrada y Mons. Alfonso Hinojosa Berrones; el Purpurado pidió a la Iglesia en Monterrey apoyarlo con la oración.

"Y en la presencia de la Santísima Virgen María de Guadalupe, en esta bella imagen que voy a regalar a nombre de toda la Arquidiócesis al Papa Benedicto XVI, en la presencia de la Santísima Virgen, yo los saludo y los bendigo", concluyó.

El video se encuentra en el sitio web www.arquidiocesismty.org en la sección "Al día desde Roma".

lunes, 26 de noviembre de 2007

Homilía del Papa en el consistorio de creación de 23 nuevos cardenales

«El Señor os pide y os confía el servicio del amor»


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 25 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este sábado durante la celebración de la Palabra con motivo del consistorio ordinario público para la creación de 23 nuevos cardenales que tuvo lugar en la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

* * *

Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:

En esta basílica vaticana, corazón del mundo cristiano, se renueva hoy un significativo y solemne acontecimiento eclesial: el consistorio ordinario público para la creación de 23 nuevos cardenales, con la imposición del birrete y la asignación del título. Es un acontecimiento que suscita cada vez una emoción especial, y no sólo entre quienes son admitidos a formar parte del Colegio cardenalicio con estos ritos, sino entre toda la Iglesia, desbordante de alegría por este elocuente signo de unidad católica.

La misma ceremonia, en su estructura, subraya el valor de la tarea que los nuevos cardenales están llamados a desempeñar cooperando estrechamente con el sucesor de Pedro, e invita al pueblo de Dios a rezar para que en su servicio estos hermanos nuestros permanezcan siempre fieles a Cristo, si es necesario, hasta el sacrificio de la vida, y se dejen guiar únicamente por su Evangelio. Nos unimos por tanto con fe a su alrededor y elevamos ante todo al Señor nuestra acción de gracias con la oración.

En este clima de alegría y de intensa espiritualidad os saludo con afecto a cada uno de vosotros, queridos hermanos, que desde hoy sois miembros del Colegio cardenalicio, escogidos para ser, según una antigua institución, los consejeros y colaboradores más cercanos del sucesor de Pedro en la guía de la Iglesia.

Saludo y doy las gracias al arzobispo Leonardo Sandri, que en vuestro nombre me ha dirigido corteses y deferentes palabras, subrayando al mismo tiempo el significado y la importancia del momento eclesial que estamos viviendo.

Deseo recordar, además, al fallecido monseñor Ignacy Jez, a quien el Dios de toda gracia llamó a su presencia antes del nombramiento para ofrecerle una corona mucho más grande: la gloria eterna en Cristo.

Mi cordial saludo se dirige, después, a los señores cardenales presentes y también a quienes no han podido estar físicamente con nosotros, pero que se encuentran aquí unidos espiritualmente. La celebración del consistorio siempre es una ocasión providencial para ofrecer «urbi et orbi», a la ciudad de Roma y al todo el mundo, el testimonio de esa unidad singular que une a los cardenales en torno al Papa, obispo de Roma.

En esta solemne circunstancia, quiero dirigir también un saludo respetuoso y deferente a las representaciones gubernamentales y a las personalidades aquí reunidas de todas las partes del mundo, así como a los familiares, amigos, sacerdotes, religiosas y religiosos, y a los fieles de las diferentes Iglesias locales de las que proceden los nuevos purpurados.

Saludo, por último, a todos aquellos que se han reunido aquí para estar a su lado y expresar con alegría festiva su estima y afecto.

Con esta celebración, vosotros, queridos hermanos, quedáis introducidos con pleno título en la veneranda Iglesia de Roma, de la que el sucesor de Pedro es el pastor. En el Colegio de los cardenales revive de este modo el antiguo «presbyterium» del obispo de Roma, cuyos componentes, desempeñando funciones pastorales y litúrgicas en las diferentes iglesias, le aseguraban su preciosa colaboración en el cumplimiento de las tareas ligadas a su ministerio apostólico universal.

Las circunstancias han cambiado y la gran familia de los discípulos de Cristo está hoy diseminada en todo el continente hasta llegar a los rincones más remotos de la tierra, habla prácticamente todos los idiomas del mundo, y a ella pertenecen pueblos de toda cultura. La diversidad de los miembros del Colegio cardenalicio, tanto por su proveniencia geográfica como cultural, subraya este crecimiento providencial y manifiesta al mismo tiempo las nuevas exigencias pastorales a las que tiene que responder el Papa.

Por tanto, la universalidad, la catolicidad de la Iglesia, se refleja muy bien en la composición del Colegio de los cardenales: muchísimos son pastores de comunidades diocesanas, otros están al servicio directo de la Sede Apostólica, otros han ofrecido servicios beneméritos en sectores específicos pastorales.

Cada uno de vosotros, queridos y venerados hermanos neocardenales, representa por tanto a una porción del articulado Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia difundida por doquier. Se muy bien todo el cansancio y sacrificio que hoy implica la atención de las almas, pero conozco la generosidad que fundamenta vuestra actividad apostólica cotidiana.

Por este motivo, en esta circunstancia, quiero confirmaros mi sincero aprecio por el servicio que habéis prestado fielmente durante tantos años de trabajo en los diferentes ámbitos del ministerio eclesial, servicio que ahora, al ser elevados a la púrpura cardenalicia, estáis llamados a realizar con una responsabilidad aún más grande, en íntima comunión con el obispo de Roma.

Ahora pienso con afecto en las comunidades confiadas a vuestra atención pastoral y, de manera especial, a las que sufren a causa de diferentes desafíos y dificultades. Entre éstas, ¿cómo no dirigir la mirada con aprensión y afecto, en este momento de alegría, a las queridas comunidades cristianas que se encuentran en Irak?

Estos hermanos y hermanas nuestros en la fe experimentan en su propia carne las dramáticas consecuencias de un conflicto que perdura y viven en una situación política sumamente frágil y delicada. Al llamar a formar parte del Colegio de los cardenales al patriarca de la Iglesia caldea, he querido expresar concretamente mi cercanía espiritual y mi afecto a esas poblaciones. Queremos, juntos, queridos y venerados hermanos, reafirmar la solidaridad de toda la Iglesia a favor de los cristianos de aquella amada tierra y exhortar a que se invoque del Dios misericordioso la deseada reconciliación y la paz para todos los pueblos involucrados.

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios que nos ayuda a comprender mejor el momento solemne que estamos viviendo. En el pasaje evangélico, Jesús acaba de recordar por tercera vez la suerte que le espera en Jerusalén, pero la ambición de los discípulos toma el lugar del miedo que en un primer momento les había asaltado.

Tras la confesión de Pedro en Cesarea y la discusión por el camino sobre quién de ellos sería el más grande, la ambición lleva a los hijos de Zebedeo a reivindicar para sí mismos los mejores puestos en el reino mesiánico, al final de los tiempos. En esta carrera a los privilegios, los dos saben muy bien lo que quieren, al igual que los otros diez, a pesar de su «virtuosa» indignación. Pero, en realidad, no saben lo que están pidiendo. Jesús se lo da a entender hablando en términos muy diferentes del «ministerios» que les espera. Corrige la burda concepción del mérito que tienen, según la cual, el hombre puede ganarse derechos ante Dios.

El Evangelista Marcos nos recuerda, queridos y venerados hermanos, que todo auténtico discípulo de Cristo sólo puede aspirar a una cosa: a compartir su pasión sin reivindicar recompensa alguna. El cristiano está llamado a asumir la condición de «siervo», siguiendo las huellas de Jesús, entregando su vida por los demás de manera gratuita y desinteresada. No debe caracterizar cada uno de vuestros gestos y apalabras la búsqueda del poder y del éxito, sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia.

La verdadera grandeza cristiana, de hecho, no consiste en dominar, sino en servir. Jesús nos repite a cada uno de nosotros que Él no «ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Marcos 10, 45). Este es el ideal que debe orientar vuestro servicio.

Queridos hermanos, al pasar a formar parte del Colegio de los cardenales, el Señor os pide y os confía el servicio del amor: amor a Dios, amor a su Iglesia, amor a los hermanos con la máxima e incondicional entrega, «usque ad sanguinis effusionem» [«hasta el derramamiento de la sangre», ndt.], como dice la fórmula de la imposición de la birreta y como muestra el color rojo de los hábitos que vestís.

Sed apóstoles de Dios que es Amor y testigos de la esperanza evangélica: esto espera de vosotros el pueblo cristiano. La ceremonia de hoy subraya la gran responsabilidad que recae sobre cada uno de vosotros, venerados y queridos hermanos, y que es confirmada en las palabras del apóstol Pedro que acabamos de escuchar: «Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pedro 3, 15). Esta responsabilidad no evita los riesgos sino que, como sigue recordando Pedro, «más vale padecer por obrar el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal» (1 Pedro 3, 17). Cristo os pide que confeséis ante los hombres su verdad, que abracéis y compartáis su causa; y que hagáis todo esto «con dulzura y respeto, manteniendo una buena conciencia» (1 Pedro 3, 15-16), es decir, con esa humildad interior que es fruto de la cooperación con la gracia de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: mañana en esta misma basílica tendré la alegría de celebrar la eucaristía en la solemnidad de Cristo Rey del universo, junto a los nuevos cardenales, y les entregaré el anillo. Será una oportunidad particularmente importante y oportuna para reafirmar nuestra unidad en Cristo y para renovar nuestra voluntad común de servirle con total generosidad. Acompañadles con vuestra oración para que respondan al don recibido con entrega plena y constante.

Nos dirigimos ahora con confianza a María, Reina de los Apóstoles. Que su presencia espiritual, en este singular cenáculo sea para los nuevos cardenales y para todos nosotros prenda de la constante efusión del Espíritu Santo que guía a la Iglesia en su camino en la historia. ¡Amén!

Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

Amor, no ambición, pide el Papa a los 23 nuevos cardenales

En el consistorio celebrado este sábado


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 25 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Al crear 23 nuevos cardenales en el consistorio celebrado este sábado, Benedicto XVI les recordó que el amor, no la ambición, constituye la característica de todo discípulo de Jesucristo.

«Sed apóstoles de Dios que es Amor y testigos de la esperanza evangélica: esto espera de vosotros el pueblo cristiano», exhortó el pontífice durante la homilía de la celebración de la Palabra en la basílica de San Pedro en el Vaticano.

«No debe caracterizar cada uno de vuestros gestos y apalabras la búsqueda del poder y del éxito, sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia», les dijo el Papa.

Los nuevos cardenales proceden de los siguientes países: 6 de Italia, 3 de España, 2 de Argentina, 2 de Estados Unidos, y el resto de México, Irak, Alemania, Polonia, Irlanda, Francia, Senegal, la India, Brasil, Kenia.

Los fieles que abarrotaban el templo, muchos de ellos procedentes de las diócesis de los nuevos purpurados, siguieron con la típica emoción los momentos más significativos de la celebración, en particular cuando cada cardenal se arrodilló ante el Santo Padre para recibir el birrete cardenalicio.

El Papa pronunció la fórmula: es «rojo como signo de la dignidad del oficio de cardenal, y significa que estás preparado para actuar con fortaleza, hasta el punto de derramar tu sangre por el crecimiento de la fe cristiana, por la paz y armonía entre el pueblo de Dios, por la libertad y la extensión de la Santa Iglesia Católica Romana».

En la homilía, el sucesor de Pedro comentó la fórmula con estas palabras: «al pasar a formar parte del Colegio de los cardenales, el Señor os pide y os confía el servicio del amor: amor a Dios, amor a su Iglesia, amor a los hermanos con la máxima e incondicional entrega, “hasta el derramamiento de la sangre”, como dice la fórmula de la imposición de la birreta y como muestra el color rojo de los hábitos que vestís».

A continuación, el obispo de Roma entregó a cada uno de los nuevos cardenales la bula de creación de cardenal, asignó el título o diaconía de una Iglesia de Roma, e intercambió el abrazo de la paz con los nuevos miembros del Colegio cardenalicio. Luego los cardenales intercambiaron el mismo signo entre ellos.

«La verdadera grandeza cristiana no consiste en dominar, sino en servir», recalcó el Papa a los neopurpurados en la homilía.

El Papa quiso recordar, además, a monseñor Ignacy Jez, obispo de Koszalin-Kolobrzeg, quien falleció el 16 de octubre, a los 93 años, un día antes de que el Papa hiciera públicos los nombres de los nuevos purpurados.

A partir de ese momento, el Colegio cardenalicio quedaba compuesto por 201 miembros, 120 de ellos electores. Según la composición por continentes, hay 104 cardenales europeos, 20 de América del norte, 34 de América Latina, 18 de África, 21 de Asia y 4 de Oceanía.

Por Jesús Colina

Junto al anillo, el Papa entrega a los cardenales la consigna de dar la vida por la Iglesia

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 25 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Junto al anillo, símbolo de la unión de los cardenales con el Papa, Benedicto XVI entregó este domingo a los 23 nuevos purpurados la consigna de dar su vida por la Iglesia.

La Basílica de San Pedro del Vaticano se convirtió en el marco de tan solemne gesto. Unos 20 mil peregrinos, que quisieron participar en la concelebración eucarística, no encontraron lugar y se quedaron en la plaza a la intemperie de la lluvia siguiendo las imágenes gracias a grandes pantallas.

«Recibe el anillo de la mano de Pedro y sé conocedor de que con el amor del Príncipe de los Apóstoles se refuerza tu amor hacia la Iglesia», dijo el Papa a cada uno de los purpurados.

En su homilía, el Papa explicó que «en Jesús crucificado tiene lugar la máxima revelación de Dios en este mundo, pues Dios es amor, y la muerte en la cruz de Jesús es el acto más grande de amor de toda la historia».

Pus bien, aclaró, en el anillo cardenalicio «se representa precisamente la crucifixión».

Por eso, dirigiéndose a los nuevos cardenales, les dijo que el anillo es «una invitación a recordar al Rey del que sois servidores, el trono en el que Él fue elevado y su fidelidad hasta la muerte para vencer el pecado y la muerte con la fuerza de la divina misericordia».

«La madre Iglesia, esposa de Cristo, os da esta insignia como recuerdo de su Esposo, que la amó y se entregó a sí mismo por ella. De este modo, llevando el anillo cardenalicio, se os recuerda constantemente que estáis llamados a dar la vida de la Iglesia», añadió.

Tras la celebración eucarística y haber lanzado un llamamiento a la paz en Tierra Santa en vísperas de la cumbre que tendrán lugar el martes en Annapolis (Estados Unidos), el Papa almorzó con los nuevos purpurados y con todos los cardenales venidos a Roma con motivo del consistorio y del encuentro de oración y reflexión del 23 de noviembre.

Por Jesús Colina

Iglesias en Roma asignadas a los nuevos cardenales

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 25 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Los cardenales son, desde sus orígenes, los colaboradores del Papa en su ministerio como obispo de Roma.

Por este motivo, como sucedía en la antigüedad, el Papa asigna a los cardenales una iglesia de Roma.

De hecho, los purpurados surgieron de los presbíteros de los 25 títulos o iglesias cuasiparroquiales de Roma, de los 7 (luego 14) diáconos regionales y 6 diáconos palatinos y de los 7 (en el siglo XII, 6) obispos suburbicarios.

Publicamos la lista de títulos y diaconías (iglesias de Roma) que el Papa ha asignado a los 23 cardenales que fueron creados en el consistorio del pasado sábado.

1. El cardenal Emmanuel III Delly, patriarca de Babilonia de los Caldeos, al ser cabeza de una Iglesia oriental tiene como título su sede patriarcal.

2. Cardenal Leonardo Sandri, diaconía de los Santos Biagio y Carlo en Catinari.

3. Cardenal John Patrick Foley, diaconía de San Sebastián en el Palatino.

4. Cardenal Giovanni Lajolo, diaconía de Santa María Liberadora en Monte Testaccio.

5. Cardenal Paul Josef Cordes, diaconía de San Lorenzo en Piscibus (junto a la Vía de la Conciliación).

6. Cardenal Angelo Comastri, diaconía de San Salvador en Lauro.

7. Cardenal Stanisław Rilko, diaconía del Sagrado Corazón de Cristo Rey.

8. Cardenal Raffaele Farina, S.D.B., diaconía de San Juan de la Piña.

9. Cardenal Agustín García-Gasco Vicente, título de San Marcelo.

10. Cardenal Seán Baptist Brady, título de los Santos Quirico y Julita.

11. Cardenal Lluís Martínez Sistach, título de San Sebastián en las Catacumbas.

12. Cardenal André Vingt-Trois, título de San Luis de los Franceses.

13. Cardenal Angelo Bagnasco, título de la Gran Madre de Dios.

14. Cardenal Théodore-Adrien Sarr, título de Santa Lucía en Plaza de las Armas.

15. Cardenal Oswald Gracias, título de San Pablo de la Cruz en «Corviale»

16. Cardenal Francisco Robles Ortega, título de Santa María de la Presentación.

17. Cardenal Daniel N. Dinardo, título de San Eusebio.

18. Cardenal Odilo Pedro Scherer, título de Santa Andrea al Quirinal.

19. Cardenal John Njue, título de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

20. Cardenal Giovanni Coppa, diaconía de San Lino.

21. Cardenal Estanislao Esteban Karlic, título de la Bienaventurada Virgen María Dolorosa en la Plaza Buenos Aires.

22. Cardenal Urbano Navarrete, S.I., diaconía de San Ponciano.

23. Cardenal Umberto Betti, O.F.M., diaconía de los Santos Vito, Modesto y Crescencia.

En los próximos días, los cardenales tomarán posesión de estas iglesias. El primero en hacerlo, este lunes 26 de noviembre, será el cardenal Bagnasco. El martes lo hará el cardenal Foley, y el domingo 2 de diciembre el cardenal Sandri.

Rojo púrpura, cardenalato y martirio

Por monseñor Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro


QUERÉTARO, sábado, 24 noviembre 2007 (ZENIT.org-El Obseravador).- «En México, el cardenalato está unido estrechamente con el martirio», escribe en el artículo que publicamos a continuación monseñor Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro, al respecto del reciente nombramiento como cardenal de la Iglesia Católica del arzobispo de Monterrey, monseñor Francisco Robles Ortega.

Recordando el siglo XX y, concretamente, el artero asesinato del cardenal de Guadalajara, monseñor Juan Jesús Posadas Ocampo, el 24 de mayo de 1993, el obispo de Querétaro recuerda que este crimen todavía espera ser aclarado por todos los mexicanos y que los recientes acontecimientos de violencia en la Catedral de la Ciudad de México, contra el cardenal Norberto Rivera Carrera, son indicios claros de que México es país «regado por la sangre del martirio».

ROJO PÚRPURA

El haber sido nombrado cardenal de la santa Iglesia católica significa «la entera disponibilidad que debo tener para derramar mi sangre, si fuera el caso, por la fe en Jesucristo, por la Iglesia, en estrecha comunión con el Papa», confesó el señor arzobispo de Monterrey Mons. Francisco Robles Ortega. En efecto, eso significa según la tradición de la Iglesia católica, el rojo púrpura de su vestimenta; el rojo evoca, en el uso de los colores litúrgicos, la sangre de los mártires.

La Iglesia en el siglo pasado se tiñó de rojo por todo el mundo. Nunca habían sido canonizados tantos mártires como en el siglo que acaba de pasar y en lo que llevamos de éste, herencia de aquél. El grupo más numeroso fue el de cerca de quinientos Mártires de la persecución española (dos mexicanos entre ellos) recién beatificados en la Plaza de san Pedro, en Roma, precedido por los Mártires mexicanos de Cristo Rey y de Santa María de Guadalupe durante la persecución religiosa de Calles. Con razón dijo el Papa Juan Pablo II que la Iglesia había vuelto a ser «la Iglesia de los mártires». En ninguna época, ni menos en la actual, la Iglesia –ni el cristiano- puede excluir el martirio de su horizonte.

En México, el cardenalato está unido estrechamente con el martirio. Cuando se nombró al primer cardenal mexicano, el elegido fue el señor arzobispo de Guadalajara Monseñor José Garibi Rivera, sin duda por sus copiosos méritos, pero sobre todo en reconocimiento a esas tierras regadas por la sangre del martirio. Es digno de notarse que el cardenal recién nombrado es también originario de esas regiones, como él mismo lo expresa: «Soy precisamente de un pueblo que goza de uno de esos mártires, canonizado recientemente por el Papa Juan Pablo II, San José María Robles Hurtado: Mi paisano». De tierra y pueblo de mártires es el nuevo cardenal mexicano.

No es fortuito –para el creyente nada sucede al acaso- que el señor cardenal de Guadalajara Monseñor Juan de Jesús Posadas haya sido cobardemente asesinado en esas tierras y que el esclarecimiento de su muerte sea aún cuenta pendiente de las autoridades con el pueblo católico, el primer ofendido; menos lo es que los señores cardenales actuales, tanto el de la ciudad de México como el de Guadalajara, hayan sido y sean constantemente objeto de hostigamientos y agravios. La profanación de la Catedral Metropolitana (escenas que, para vergüenza nuestra, han dado la vuelta al mundo), la amenaza a los fieles y a los sacerdotes reunidos en oración, no son más que otro eslabón de la cadena con que quieren los autores, fautores y encubridores (aunque se autonombren «creyentes»), aprisionar a la Iglesia en la persona de sus pastores. Por eso, junto con la felicitación que hacemos llegar al señor cardenal de Monterrey Monseñor Francisco Robles Ortega por su nombramiento, le ofrecemos nuestras oraciones por el fiel cumplimiento de su alta misión.

+Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro

Sesión vespertina del encuentro del Papa con los cardenales

Entre otros temas, el diálogo interreligioso y la misión en América Latina


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 23 noviembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comunicado que ha distribuido la Oficina de Información de la Santa Sede sobre la sesión vespertina de la reunión que mantuvo Benedicto XVI este viernes con cardenales del mundo en la víspera del consistorio de creación de 23 nuevos pupurados.

* * *

El encuentro de oración y reflexión del Santo Padre con los cardenales continuó en la tarde a las 17.00 horas con el rezo de las Vísperas y después con nuevas intervenciones de los purpurados. En total se pronunciaron 16 intervenciones.

Sobre el tema del ecumenismo se siguieron tocando argumentos como la colaboración entre los cristianos de las diferentes confesiones a favor de la defensa de la familia en la sociedad y en los ordenamientos jurídicos, la importancia del ecumenismo espiritual y de las relaciones personales con los fieles y las autoridades de las demás confesiones cristianas.

Algunas intervenciones se concentraron en las relaciones con los judíos y con el islam. Se habló del gesto alentador representado por la carta de 138 personalidades musulmanas y por la visita del rey de Arabia Saudí al Santo Padre.

Las consideraciones se ampliaron a las dificultades de la fe cristiana en el mundo secularizado, al deber y a la importancia de una nueva evangelización que responda a las expectativas profundas y permanentes de felicidad y libertad del hombre postmoderno. En el continente americano se da un nuevo empuje misionero, alimentado por la reciente Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se celebró en Aparecida.

Se dedicaron intervenciones específicas a la situación de la vida consagrada en el mundo de hoy a la formación en los seminarios.

Se recordó la importante carta del Santo Padre a la Iglesia católica en China y se habló de su acogida favorable por parte de obispos y fieles.

Se recordó la urgencia del compromiso de la Iglesia a favor de la paz, de la lucha contra la pobreza y contra el desarme, sobre todo nuclear.

Algunas intervenciones de carácter informativo se centraron en el próximo Congreso Eucarístico Internacional, en el Año de San Pablo, en la difusión de la prensa católica y en particular de «L’Osservatore Romano».

Después de una breve respuesta del cardenal Kasper sobre algunos puntos particulares, tomó la palabra el Santo Padre para ofrecer un resumen conclusivo, en el que agradeció a los cardenales su participación y contribución, y anunció la próxima publicación de su nueva encíclica dedicada a la esperanza, en respuesta a las expectativas más profundas de nuestros contemporáneos.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]