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viernes, 5 de octubre de 2007

Benedicto XVI agradece el documento sobre los niños muertos sin el bautismo

En el que se confirma su esperanza de salvación


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 5 octubre 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha dado las gracias a los teólogos y teólogas que han redactado un documento en el que se afirma la esperanza de salvación para los niños fallecidos sin haber recibido el bautismo.«La esperanza de la salvación para los niños que mueren sin Bautismo» fue publicado por la Comisión Teológica Internacional en la primavera pasada con gran impacto en la opinión pública.

Al recibir este viernes a los miembros de esta Comisión reunidos en asamblea plenaria, el Papa explicó mencionó los puntos fundamentales en los que se basa el documento: «la voluntad savífica universal de Dios», «la universalidad de la mediación única de Cristo», «el primado de la gracia divina» y «la sacramentalidad de la Iglesia».

«Confío en que este documento --confesó-- constituya un punto de referencia útil para los pastores de la Iglesia y para los teólogos, y también una ayuda y un manantial de consuelo para los fieles que han sufrido en sus familias la muerte inesperada de un niño antes de que recibiera el baño de regeneración».

«Vuestras reflexiones pueden ser también la oportunidad para profundizar e investigar ulteriormente en el argumento», siguió diciendo.

«Es necesario, de hecho, penetrar cada vez más a fondo en la comprensión de las diferentes manifestaciones del amor de Dios a todos los hombres, que se nos ha revelado en Cristo, especialmente a los más pequeños y a los más pobres», concluyó.

La función de la Comisión Teológica Internacional es ayudar a la Santa Sede y especialmente a la Congregación para la Doctrina de la Fe a examinar cuestiones doctrinales de mayor importancia.

Presidente de la Comisión es el cardenal William Joseph Levada..

La Comisión se compone de teólogos de diversas escuelas y naciones, eminentes por ciencia y fidelidad al Magisterio de la Iglesia. Los miembros —en número no superior a 30— son nombrados por el Santo Padre «ad quinquennium» a propuesta del Cardenal Prefecto de la Congregación y tras consulta con las Conferencias Episcopales.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Plena realización del hombre consiste en la santidad, dice el Papa

Audiencia General del miércoles
Plena realización del hombre consiste en la santidad, dice el Papa


.- Al abordar la vida de San Gregorio de Niza durante la Audiencia General del día miércoles, el Papa Benedicto XVI señaló que la plena realización del hombre consiste en la santidad, en una vida vivida en amistad con Dios.

El Pontífice señaló que luego de hablar anteriormente de dos grandes doctores de la Iglesia del siglo IV, Basilio y Gregorio Nacianceno, dedica esta catequesis al hermano de San Basilio, Gregorio de Niza, “un hombre de carácter meditativo, con gran capacidad de reflexión y de una vivaz inteligencia” que nació alrededor de 335.

Tras relatar los largos estudios del santo bajo el auspicio de su hermano Basilio, el Santo Padre recordó que Gregorio fue nombrado Obispo de Niza, desde donde combatió, como sus coetáneos, las herejías del momento.

“Como ‘columna de la ortodoxia’, fue un protagonista del Concilio de Constantinopla del 381, que definió la divinidad del Espíritu Santo”, explicó el Papa.

“Gregorio expresa con claridad la finalidad de sus estudios, el fin supremo al que mira en su labor de teólogo: no emplear la vida en cosas vanas, sino encontrar la luz que permita discernir aquello que es verdaderamente útil. Encontró este bien supremo en el cristianismo, gracias al cual es posible ‘la imitación de la naturaleza divina’”.

Benedicto XVI destacó además que Gregorio de Niza “comentó la Sagrada Escritura, deteniéndose en la creación del hombre. Esto era para él el tema central: la creación. Él veía en la creatura el reflejo del Creador y encontraba en ella el camino hacia Dios”.

Gregorio escribió también un libro sobre Moisés “a quien presenta como hombre en camino hacia Dios: este ascenso al Monte Sinaí se convierte para él en una imagen de nuestro ascenso en la vida humana hacia la verdadera vida, hacia el encuentro con Dios”, explicó el Papa.

El Santo Padre señaló que toda la teología de Gregorio de Niza “no era una reflexión académica, sino expresión de una vida espiritual, de una vida de fe vivida.... Comentando la creación del hombre, Gregorio pone en evidencia que Dios, ‘el mejor de los artistas, forja nuestra naturaleza de manera de hacerla para el ejercicio de la realiza. A través de la superioridad establecida del alma, y por medio de la misma conformación del cuerpo, Él dispone las cosas de modo que el hombre sea realmente idóneo para el poder real’”.

Y el Papa sugiere: “meditemos este elogio del hombre. Veamos también cómo el hombre es degradado por el pecado. Y busquemos retornar a la grandeza original: solo si Dios está presente, el hombre alcanza su verdadera grandeza”.

“Por tanto –prosiguió– lavar las fealdades que se han depositado en nuestro corazón es reencontrar en nosotros mismos la luz de Dios”.

“El hombre tiene como fin de la contemplación de Dios. Sólo en ella podrá encontrar su plenitud. Para anticipar de alguna manera tal objetivo ya en esta vida, debe progresar incesantemente hacia una vida espiritual, una vida en diálogo con Dios. En otras palabras, la plena realización del hombre consiste en la santidad, en una vida vivida en el encuentro con Dios, que así se vuelve luminosa incluso para los otros, y también para el mundo”, concluyó el Papa.

sábado, 25 de agosto de 2007

Predicador del Papa: ¿Son muchos o pocos los que se salvan?

Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo


ROMA, viernes, 24 agosto 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo, XXI del tiempo ordinario.

* * *
XXI Domingo del tiempo ordinario
Isaías 66, 18-21; Hebreos 12, 5-7.11-13; Lucas 13, 22-30

Entrar por la puerta estrecha

Existe un interrogante que siempre ha agobiado a los creyentes: ¿son muchos o pocos los que se salvan? En ciertas épocas, este problema se hizo tan agudo que sumergió a algunas personas en una angustia terrible. El Evangelio de este domingo nos informa de que un día se planteó a Jesús este problema: «Mientras caminaba hacia Jerusalén, uno le dijo: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?"». La pregunta, como se ve, trata sobre el número, sobre cuántos se salvan: ¿muchos o pocos? Jesús, en su respuesta, traslada el centro de atención de cuántos se salvan a cómo salvarse, esto es, entrando «por la puerta estrecha».

Es la misma actitud que observamos respecto al retorno final de Cristo. Los discípulos preguntan cuándo sucederá el regreso del Hijo del hombre, y Jesús responde indicando cómo prepararse para esa venida, qué hacer en la espera (Mt 24, 3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña o descortés. Sencillamente es la manera de obrar de alguien que quiere educar a sus discípulos para que pasen del plano de la curiosidad al de la verdadera sabiduría; de las cuestiones ociosas que apasionan a la gente a los verdaderos problemas que importan en la vida.

En este punto ya podemos entender lo absurdo de aquellos que, como los Testigos de Jehová, creen saber hasta el número preciso de los salvados: ciento cuarenta y cuatro mil. Este número, que recurre en el Apocalipsis, tiene un valor puramente simbólico (12 al cuadrado, el número de las tribus de Israel, multiplicado por mil) y se explica inmediatamente con la expresión que le sigue: «una muchedumbre inmensa que nadie podría contar» (Ap 7, 4.9).

Además, si ese fuera de verdad el número de los salvados, entonces ya podemos cerrar la tienda, nosotros y ellos. En la puerta del paraíso debe estar colgado, desde hace tiempo, como en la entrada de los aparcamientos, el cartel de «Completo».

Por lo tanto, si a Jesús no le interesa tanto revelarnos el número de los salvados como el modo de salvarse, veamos qué nos dice al respecto. Dos cosas sustancialmente: una negativa, una positiva; primero, lo que no es necesario, después lo que sí lo es para salvarse. No es necesario, o en cualquier caso no basta, el hecho de pertenecer a un determinado pueblo, a una determinada raza, tradición o institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador. Lo que sitúa en el camino de la salvación no es un cierto título de propiedad («Hemos comido y bebido en tu presencia...»), sino una decisión personal seguida de una coherente conducta de vida. Esto está más claro aún en el texto de Mateo, que contrapone dos caminos y dos entradas, una estrecha y otra ancha (Mateo 7, 13-14).

¿Por qué a estos dos caminos se les llama respectivamente el camino «ancho» y el «estrecho»? ¿Es tal vez el camino del mal siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y fatigoso? Aquí hay que estar atentos para no caer en la frecuente tentación de creer que todo les va magníficamente bien, aquí abajo, a los malvados, y sin embargo todo les va siempre mal a los buenos. El camino de los impíos es ancho, sí, pero sólo al principio; a medida que se adentran en él, se hace estrecho y amargo. Y en todo caso es estrechísimo al final, porque se llega a un callejón sin salida. El disfrute que en este camino se experimenta tiene como característica que disminuye a medida que se prueba, hasta generar náusea y tristeza. Ello se ve en ciertos tipos de ebriedades, como la droga, el alcohol, el sexo. Se necesita una dosis o un estímulo cada vez mayor para lograr un placer de la misma intensidad. Hasta que el organismo ya no responde y llega la ruina, frecuentemente también física. El camino de los justos en cambio es estrecho al comienzo, cuando se emprende, pero después se transforma en una vía espaciosa, porque en ella se encuentra esperanza, alegría y paz en el corazón.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]