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viernes, 25 de enero de 2008

Predicador del Papa: Cristo redimió también el sufrimiento y la muerte

Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo


ROMA, viernes, 25 enero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, III del Tiempo Ordinario.

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III Domingo del Tiempo Ordinario

Isaías 8, 23b-9,3; I Corintios 1, 10-13.17; Mateo 4, 12-23

Curaba toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo



El pasaje del Evangelio del tercer domingo del tiempo ordinario concluye con las palabras: «Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Cerca de un tercio del Evangelio se ocupa de las curaciones obradas por Jesús durante el breve tiempo de su vida pública. Es imposible eliminar estos milagros o darles una explicación natural sin desmembrar todo el Evangelio y hacerlo incomprensible.

Los milagros en el Evangelio tienen características inconfundibles. Jamás están para sorprender o para ensalzar a quien los realiza. Hoy algunos se dejan encantar al oír a ciertos personajes que dicen poseer poderes de levitación, de hacer aparecer o desaparecer objetos y cosas por el estilo. ¿A quién sirve este tipo de milagro, suponiendo que sea tal? A nadie, o sólo a uno mismo para ganar adeptos y dinero.

Jesús realiza milagros por compasión, porque ama a los demás: hace milagros también para ayudarles a creer. Obra curaciones para anunciar que Dios es el Dios de la vida y que al final, junto a la muerte, también la enfermedad será vencida y «ya no habrá luto ni llanto».

Jesús no es el único que sana, sino que ordena a sus apóstoles hacer lo mismo detrás de Él: «Les envió a anunciar el Reino de Dios y a curar a los enfermos» (Lc 9,2); «Predicad que el reino de los cielos está cerca. Curad a los enfermos» (Mt 10,7 s.). Encontramos siempre las dos cosas a la vez: predicar el Evangelio y curar a los enfermos. El hombre tiene dos medios para intentar superar sus enfermedades: la naturaleza y la gracia. Naturaleza indica la inteligencia, la ciencia, la medicina, la técnica; gracia indica el recurso directo a Dios, a través de la fe, la oración y los sacramentos. Estos últimos son los medios que la Iglesia tiene a disposición para «curar a los enfermos».

Lo malo empieza cuando se busca una tercera vía: la de la magia, la que hace palanca en pretendidos poderes ocultos de la persona que no se basan ni en la ciencia ni en la fe. En este caso o estamos ante pura charlatanería o --peor--- ante la acción del enemigo de Dios. No es difícil distinguir cuándo se trata de un verdadero carisma de curación y cuándo de su falsificación en la magia. En el primer caso, la persona jamás atribuye a poderes propios los resultados obtenidos, sino a Dios; en el segundo, la gente no hace más que alardear de sus pretendidos «poderes extraordinarios». Cuando por ello se leen anuncios del tipo: mago tal de no sé quién «llega donde otros fracasan», «resuelve problemas de todo tipo», «poderes extraordinarios reconocidos», «expulsa demonios, aleja el mal de ojo», no hay que dudar ni un instante: son grandes engaños. Jesús decía que los demonios se expulsan «con ayuno y oración», ¡no vaciando el bolsillo de la gente!

Pero debemos hacernos otra pregunta: ¿y quien no se cura? ¿Qué pensar? ¿Qué no tiene fe, que Dios no le ama? Si la persistencia de una enfermedad fuera señal de que una persona carece de fe o del amor de Dios por ella, habría que concluir que los santos eran los más pobres de fe y los menos amados de Dios, porque los hay que pasaron toda la vida postrados. No; la respuesta es otra. El poder de Dios no se manifiesta sólo de una manera -eliminando el mal, curando físicamente--, sino también dando la capacidad, y a veces hasta el gozo, de llevar la propia cruz con Cristo y completar lo que falta a sus padecimientos. Cristo redimió también el sufrimiento y la muerte: ya no es signo del pecado, participación en la culpa de Adán, sino instrumento de redención.

[Traducción del original italiano realizada por Marta Lago]

viernes, 30 de noviembre de 2007

El sentido del sufrimiento, en la encíclica sobre la esperanza

De Benedicto XVI


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 30 noviembre 2007 (ZENIT.org).- El hombre vale tanto para Dios que Él mismo se hizo hombre para poder «com-padecer» con aquél; de ahí se difunde en cada sufrimiento «el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza», explica el Papa en su nueva encíclica.

Como teólogo y pastor de almas, Benedicto XVI ha firmado en la mañana de este viernes su carta encíclica «Spe salvi» sobre la esperanza cristiana, un texto en el que afronta interrogantes y angustias que atenazan al hombre, así como sus causas.

Según la fe cristiana, la salvación o la redención que se nos ha dado es una «esperanza fiable gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente»; es Dios el fundamento de la esperanza, «el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto», explica el Papa.

Este rostro es Jesús, y lo que ha traído, «habiendo muerto Él mismo en la cruz», «es el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo», punto esencial en la existencia humana, porque, como dice Benedicto XVI, «quien no conoce a Dios» «está sin la gran esperanza que sostiene toda la vida»: el amor de Dios, incondicional, «manifestado en Cristo Jesús».



Pues en las pruebas verdaderamente graves es necesaria esta gran esperanza, reconoce el Papa. Y una de esas pruebas es el sufrimiento, que puede convertirse en «escuela» de esperanza, como propone en su Encíclica.

«Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo»; «lo que cura al hombre» no es huir del dolor, «sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo que ha sufrido con amor infinito», apunta el Santo Padre.

Entre los testigos de esperanza que ofrece de ejemplo está el mártir vietnamita Pablo Le-Bao-Thin, fallecido en 1857, cuya carta «desde el infierno» --subraya Benedicto XVI-- evidencia la «transformación del sufrimiento mediante la fuerza de la esperanza que proviene de la fe».

«En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo», escribió el mártir. Desde la esperanza enseñó que «el sufrimiento -sin dejar de ser sufrimiento-- se convierte a pesar de todo en canto de alabanza», recalca el Papa.

La cuestión es crucial porque --advierte en la encíclica--, ya se trate del individuo o de la sociedad, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre».

Y es que «una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la “com-pasión” a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana», alerta.

Pero para aceptar a los que sufren es necesario «encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido --precisa--, un camino de purificación y de maduración, un camino de esperanza», conscientes de que la esperanza cristiana no es individualista, sino que se debe compartir.

Por Marta Lago