jueves, 24 de julio de 2008

35 mensajes del Papa en Sidney

35 mensajes del Papa en Sidney

Fuente: www.opusdei.es/
Autor: Opus Dei

"Profetas de una nueva época", ha llamado Benedicto XVI a los jóvenes en Australia. Para quienes han estado y para quienes no, resumimos en 35 ideas breves algunas intervenciones del Santo Padre.


1. "Como fuente de nuestra vida nueva en Dios, el Espíritu Santo también es, de un modo muy real, el alma de la Iglesia, el amor que nos une al Señor y entre nosotros, y la luz que abre nuestros ojos para ver las maravillas de la gracia de Dios en todos nosotros". MC

2. "Tenemos que permitir que el amor de Dios penetre en la dura costra de nuestra indiferencia, de nuestra aridez espiritual, de nuestro conformismo ciego con el espíritu de nuestro tiempo. Solo entonces podemos permitirle que encienda nuestra imaginación y plasme nuestros deseos más profundos. Por eso, la oración es tan importante: la oración cotidiana privada en la tranquilidad de nuestros corazones y ante el Santísimo Sacramento y la oración litúrgica en el corazón de la Iglesia". MC

3. "Jóvenes: ¿qué dejaréis a la próxima generación? ¿Estáis construyendo vuestras vidas sobre bases sólidas? ¿Estáis viviendo vuestras vidas, dejando espacio al Espíritu en un mundo que quiere olvidar a Dios, o incluso rechazarlo en nombre de un falso concepto de libertad? ¿Cómo estáis usando los dones que se os han dado, la "fuerza" que el Espíritu Santo está dispuesto a difundir ahora sobre vosotros?". MC

4. "Una nueva generación de cristianos está llamada a contribuir a la construcción de un mundo en el que la vida sea acogida, respetada y cuidada con atención, no rechazada o temida como una amenaza y por tanto, destruida. Una nueva época en la que el amor no sea ávido o egoísta, sino puro, fiel y sinceramente libre, abierto a los demás, respetuoso de su dignidad, un amor que promueva su bien e irradie alegría y belleza. Una nueva era en la que la esperanza nos libere de la superficialidad, de la apatía y del egoísmo que dañan nuestras almas y envenenan las relaciones humanas". MC

5. "Queridos jóvenes amigos, el Señor os está pidiendo que seáis profetas de esta nueva época, mensajeros de su amor, capaces de atraer a la gente al Padre y de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad". MC

6. "El mundo necesita una renovación. En muchas sociedades, junto a la prosperidad material, se está extendiendo el desierto espiritual: un vacío interior, un miedo indefinible, un sentido escondido de desesperación. ¿Cuántos de nuestros coetáneos han construido cisternas rotas y vacías en una búsqueda desesperada de sentido, del sentido último que solo puede dar el amor? ¡También la Iglesia necesita esta renovación! Tiene necesidad de vuestra fe, de vuestro idealismo y de vuestra generosidad para poder ser siempre joven en el Espíritu". MC

7. "¡No tengáis miedo de decir que "sí" a Jesús, de hallar vuestra alegría en hacer su voluntad, donándoos completamente para llegar a la santidad y usando vuestros talentos al servicio de los demás!". MC

8. "Hay más alegría en dar que en recibir. No dudéis jamás de la verdad de las promesas de nuestro Señor, según las cuales cada vez que ofrecemos nuestra creatividad, nuestros recursos, nuestras personas, recibimos después todo con abundancia". MC

9. "La colaboración armoniosa entre religión y vida pública es muy importante en una época en la que algunos han llegado a pensar que la religión es causa de división más que una fuerza de unidad. En un mundo amenazado por formas de violencia siniestras e indiscriminadas, la voz unánime de los que tienen un espíritu religioso estimula a las naciones y a las comunidades a resolver los conflictos con instrumentos pacíficos, respetando plenamente la dignidad humana". EI

10. "El sentido religioso nos guía al encuentro de las necesidades de los demás y a buscar vías concretas para contribuir al bien común. Las religiones juegan un papel particular en este contexto, en cuanto que enseñan a la gente que el auténtico servicio exige sacrificio y autodisciplina, que a su vez se deben cultivar por medio de la abnegación, la templanza y el uso moderado de los bienes naturales". EI

11. "La religión, al recordarnos las limitaciones y la debilidad del ser humano, nos impulsa a no poner nuestras esperanzas últimas en este mundo que pasa". EI

12. "La verdadera fuente de la libertad se encuentra en la persona de Jesús de Nazaret. Los cristianos creen que El nos revela plenamente las potencialidades humanas para la virtud y el bien; El nos libera del pecado y de las tinieblas". EI

13. "Pensaréis que en el mundo de hoy es improbable que la gente adore otros dioses. Pero a veces lo hacen sin darse cuenta. Los falsos "dioses" están casi siempre ligados a la adoración de tres realidades: los bienes materiales, el amor posesivo y el poder". ND

14. "Los bienes materiales, de por sí, son buenos. No sobreviviríamos sin dinero, ropa y casas. Pero si nos negamos a compartir lo que tenemos con los hambrientos y los pobres, transformamos esos bienes en una falsa deidad. ¡Cuántas voces en nuestra sociedad materialista nos dicen que la felicidad consiste en acaparar el mayor número posible de bienes y objetos de lujo! Pero así los bienes se transforman en deidades falsas. En vez de dar la vida, son portadores de muerte". ND

15. "El amor auténtico es ciertamente bueno. Cuando amamos somos plenamente humanos. Pero a menudo se cree amar cuando en realidad se tiende a poseer o a manipular a la otra persona. A veces los demás son tratados como objetos para satisfacer las propias necesidades. ¡Qué fácil es ser engañado por las tantas voces que en nuestra sociedad sostienen un enfoque permisivo de la sexualidad sin prestar atención a la modestia, al respeto propio y a los valores morales que confieren calidad a las relaciones humanas!". ND

16. "En todos los Evangelios Jesús ama especialmente a los que se han equivocado porque, cuando se daban cuenta de su error, se abrían más que los otros a su mensaje de salvación. Los que deseaban reconstruir su vida eran los más dispuestos a escuchar a Jesús y a ser sus discípulos. Podéis seguir sus huellas; también vosotros podéis crecer especialmente cerca de Jesús precisamente porque habéis decidido volver a Él". ND

17. "Podemos caer en la tentación de reducir la vida de fe a una cuestión de mero sentimiento, debilitando así su poder de inspirar una visión coherente del mundo y un diálogo riguroso con las otras muchas visiones que compiten en la conquista de las mentes y los corazones de nuestros contemporáneos". CSM

18. "Caminad cada día a la luz de Cristo mediante la fidelidad a la oración personal y litúrgica, alimentados por la meditación de la palabra inspirada por Dios. Que la celebración cotidiana de la Eucaristía sea el centro de vuestra vida". CSM

19. "La castidad por el Reino significa abrazar una vida completamente dedicada al amor, a un amor que os hace capaces de dedicaros sin reservas al servicio de Dios para estar plenamente presentes entre los hermanos y hermanas, especialmente entre los más necesitados". CSM

20. "La sociedad contemporánea atraviesa por un proceso de fragmentación debido a una forma de pensar que es, por su naturaleza, de corto alcance porque deja de lado el horizonte completo de la verdad, verdad relativa a Dios y a nosotros. Por su misma naturaleza, el relativismo no consigue ver el cuadro entero. Ignora los principios que nos hacen capaces de vivir y crecer en la unidad, en el orden y la armonía". VI

21. "¡El Espíritu Santo! Su función es ésta: cumplir la obra de Cristo. Enriquecidos con los dones del Espíritu Santo tendréis fuerza para ir más allá de las visiones parciales, de la utopía vacía, de la fugaz precariedad, para ofrecer la coherencia y la certeza del testimonio cristiano". VI

22. "El amor tiene una característica particular: su fin es permanecer. Por naturaleza, el amor es duradero. El Espíritu Santo ofrece amor al mundo: amor que disipa la incertidumbre, que supera el miedo del engaño, que lleva en sí la eternidad; el amor verdadero que nos incorpora a la realidad que permanece". VI

23. "El Espíritu Santo es Dios que se entrega eternamente, como una fuente inagotable, se ofrece siempre. Observando este don incesante, vemos los límites de lo que es perecedero, la locura de una mentalidad consumista. En particular, empezamos a entender porqué la búsqueda de las novedades nos deja insatisfechos y deseosos de algo más. ¿No estamos buscando un don eterno, la Fuente que jamás se agota?". VI

24. "¡Queridos jóvenes: hemos visto que el Espíritu Santo realiza la maravillosa comunión de los creyentes en Cristo Jesús. Fiel a su naturaleza de dador y al mismo tiempo de don, actúa ahora sirviéndose de vosotros. Haced que el amor unificador sea vuestra medida, el amor duradero vuestro desafío, el amor que se entrega vuestra misión". VI

25. "Vosotros estáis llamados a vivir los dones del Espíritu entre los altibajos de la vida cotidiana. Haced que vuestra fe madure mediante los sacramentos". VI

26. "Estar verdaderamente vivos es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios. Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, también vosotros podréis transformar vuestras familias, las comunidades y las naciones. Liberad estos dones. Que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad sean los signos de vuestra grandeza". VI

27. "¡Que mediante la acción del Espíritu Santo, los jóvenes tengan la valentía de llegar a ser santos! Esto es lo que necesita el mundo, por encima de cualquier otra cosa". A.

28. "Hay algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia se separan muy a menudo de la verdad. Todo ello se alimenta de la idea, ampliamente difundida en nuestra época, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestra vida. El relativismo, dando valor a todo sin discriminación, ha hecho que 'las experiencias' sean lo más importante". A.

29. "¡La vida no está gobernada por la suerte, no es casual! Vuestra existencia personal ha sido querida y bendecida por Dios y tiene una finalidad. La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias. Es una búsqueda de la verdad, del bien, de la belleza. Con ese fin tomamos nuestras decisiones, ejercemos nuestra libertad y, en esto, en la verdad, en el bien y en la belleza, encontramos la felicidad y la alegría". A.

30. "No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simples consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar por belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad". A.

31. "Cristo ofrece más. Ofrece todo. Sólo él, que es la Verdad, puede ser el Camino y por lo tanto la Vida". A.

32. "Muchos jóvenes no tienen esperanza. Se quedan perplejos frente a las cuestiones que se les plantean y a menudo se siente inseguros sobre dónde encontrar respuestas. Ven la pobreza y la injusticia y desean hallar soluciones. Se sienten desafiados por los argumentos de quienes niegan la existencia de Dios y se preguntan cómo responder (...). ¿Dónde podemos hallar respuestas? El Espíritu nos orienta hacia el camino que conduce a la vida, al amor y a la verdad. El Espíritu nos orienta hacia Jesucristo. En El encontramos las respuestas que buscamos". MC

33. "[La Virgen] María tuvo que enfrentarse a muchas dificultades a consecuencia de aquel sí. Simeón profetizó que una espada le atravesaría el corazón. Cuando Jesús tenía doce años pasó los peores momentos que cualquier madre puede experimentar cuando, durante tres días, perdió a su Hijo. Y después de la actividad pública de Jesús, sufrió la agonía de estar presente en su crucifixión y muerte. A través de tantas pruebas, permaneció siempre fiel a su promesa, sostenida por el Espíritu de fortaleza. Y fue recompensada con la gloria". MC

34. "Debemos permanecer fieles al sí con que aceptamos la oferta de amistad por parte del Señor. Sabemos que no nos abandonará nunca que nos sostendrá siempre con los dones del Espíritu. María aceptó la "propuesta" del Señor en nuestro nombre. Dirijámonos a ella y pidámosle que nos guíe en las dificultades para permanecer fieles a la relación vital que Dios entabló con cada uno de nosotros". MC

35. "Ha llegado el momento de decirnos adiós, o mejor hasta pronto. La Jornada Mundial de la Juventud 2011 se celebrará en Madrid, en España. Hasta entonces recemos unos por otros y demos al mundo nuestro gozoso testimonio de Cristo". MC



SIGLAS QUE SEÑALAN LA FUENTE:

A: Acogida
EI: Encuentro interreligioso
ND: Universidad de Notre Dame
CSM: Misa en la Catedral de Santa María
VI: Vigilia con los jóvenes
MC: Misa de Clausura




De Sydney-Australia 2008 a Madrid-España 2011

Fuente: www.revistaecclesia.info
Autor: Mons. José Sánchez González. Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Queridos jóvenes, queridos diocesanos:

Al clausurar la 23ª Jornada Mundial de la Juventud en Sydney, Australia, el Santo Padre Benedicto XVI anunció que la próxima Jornada Mundial de la Juventud se celebrará en Madrid, España, en 2011. La noticia, aunque esperada, fue acogida con alegría, entusiasmo y alborozo.

El encuentro del Papa con una nutrida representación de los jóvenes católicos de todo el mundo, cuando no se trata de un mero espectáculo, constituye un especial momento de gracia. Es un acto de fe y de comunión, una celebración religiosa y eclesial y de carácter pastoral, un don de Dios, un regalo a la juventud y a la Iglesia, aunque hemos de ser conscientes de que el trabajo con jóvenes es más que una jornada.

Por todo ello nuestra primera reacción ha de ser de alegría, gozo y gratitud al Santo Padre por haber escogido nuevamente España como sede de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en el año 2011.

Esta gozosa noticia constituye, al mismo tiempo, para todos nosotros una llamada a la responsabilidad. Desde este mismo momento hemos de empezar a prepararnos para vivir este acontecimiento de gracia. Para ello, lo primero que tenemos que hacer es acoger con gozo y llevar a la vida con resolución las ricas enseñanzas del Papa en la 23ª Jornada Mundial de la Juventud que acaba de terminar en Sydney, Australia.

Os recuerdo solamente algunos de los puntos que ha tocado el Papa. Todos centrados en la acción del Espíritu Santo, que se nos envía como don, como autor de la unidad y como fuente del amor verdadero. Ha hablado del Bautismo, de la Confirmación, de la Eucaristía… Del papel de Dios en nuestra vida privada y pública y en la creación. Del necesario testimonio de Cristo en un mundo que pretende vivir sin Dios.

Ha puesto de relieve e invitado al diálogo ecuménico e interreligioso. A valorar la vida humana desde el seno materno, a la solidaridad con los pobres, ancianos y desvalidos, a la lucha contra la violencia doméstica, a una relación responsable con la creación y al cuidado de la naturaleza. A trabajar por la unidad, la justicia y la paz y a luchar contra la tentación de la violencia, de la droga, del alcohol y del sexo egoísta y desordenado.

Cito solamente un párrafo de la homilía del Papa el pasado domingo en Sydney. "Queridos jóvenes, permitidme que os haga una pregunta. ¿Qué dejaréis vosotros a la próxima generación? ¿Estáis construyendo vuestras vidas sobre bases sólidas? ¿Estáis construyendo algo que durará? ¿Estáis viviendo vuestras vidas de modo que dejéis espacio al Espíritu en un mundo que quiere olvidar a Dios, rechazarlo incluso en nombre de un falso concepto de libertad? ¿Cómo estáis usando los dones que se os han dado, la «fuerza» que el Espíritu Santo está ahora dispuesto a derramar sobre vosotros? ¿Qué herencia dejaréis a los jóvenes que os sucederán? ¿Qué os distinguirá?

A continuación les invita a acoger el Espíritu que les ayude a hacer surgir una "nueva era", con estas palabras: "Queridos jóvenes amigos, el Señor os está pidiendo ser profetas de esta nueva era, mensajeros de su amor, capaces de atraer a la gente hacia el Padre y de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad".

Nuestra diócesis, próxima a Madrid, tiene una especial responsabilidad ante la convocatoria de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Hemos de sentirnos llamados a colaborar, a ofrecernos a la acogida de los numerosos peregrinos jóvenes que pasarán por nuestra diócesis y que, tal vez, necesiten alojamiento o parroquias y lugares dispuestos para determinados actos o sencillamente quieran visitarnos.

Volveremos más veces sobre este importante acontecimiento. Entretanto, considero que el seguimiento de nuestro Plan Pastoral Diocesano "Para que tengan vida", dedicado, durante el curso que termina, a los jóvenes, en el próximo a la pastoral vocacional, y en el siguiente a los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, constituye una excelente forma de prepararnos para una auténtica y fructuosa celebración de la próxima Jornada Mundial de la Juventud en 2011 y para que su fruto permanezca.


Os saluda y bendice vuestro Obispo

sábado, 19 de julio de 2008

Discurso de Benedicto XVI durante la vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud

SYDNEY, sábado, 19 julio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI durante la vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud que presidió en la noche del sábado en el hipódromo de Randwick.

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Queridos jóvenes

Una vez más, en esta tarde hemos oído la gran promesa de Cristo, «cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza», y hemos escuchado su mandato: «seréis mis testigos... hasta los confines del mundo» (Hch 1, 8). Éstas fueron las últimas palabras que Cristo pronunció antes de su ascensión al cielo. Lo que los Apóstoles sintieron al oírlas sólo podemos imaginarlo. Pero sabemos que su amor profundo por Jesús y la confianza en su palabra los impulsó a reunirse y esperar en la sala de arriba, pero no una espera sin un sentido, sino juntos, unidos en la oración, con las mujeres y con María (cf. Hch 1, 14). Esta tarde nosotros hacemos lo mismo. Reunidos delante de nuestra Cruz, que tanto ha viajado, y del icono de María, rezamos bajo el esplendor celeste de la constelación de la Cruz del Sur. Esta tarde rezo por vosotros y por los jóvenes de todo el mundo. Dejaos inspirar por el ejemplo de vuestros Patronos. Acoged en vuestro corazón y en vuestra mente los siete dones del Espíritu Santo. Reconoced y creed en el poder del Espíritu Santo en vuestra vida.

El otro día hablábamos de la unidad y de la armonía de la creación de Dios y de nuestro lugar en ella. Hemos recordado cómo nosotros, que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, mediante el gran don del Bautismo nos hemos convertido en hijos adoptivos de Dios, nuevas criaturas. Y precisamente como hijos de la luz de Cristo, simbolizada por las velas encendidas que tenéis en vuestras manos, damos testimonio en nuestro mundo del esplendor que ninguna tiniebla podrá vencer (cf. Jn 1, 5).

Esta tarde ponemos nuestra atención sobre el «cómo» llegar a ser testigos. Tenemos necesidad de conocer la persona del Espíritu Santo y su presencia vivificante en nuestra vida. No es fácil. En efecto, la diversidad de imágenes que encontramos en la Escritura sobre el Espíritu -viento, fuego, soplo- ponen de manifiesto lo difícil que nos resulta tener una comprensión clara de él. Y, sin embargo, sabemos que el Espíritu Santo es quien dirige y define nuestro testimonio sobre Jesucristo, aunque de modo silencioso e invisible.

Ya sabéis que nuestro testimonio cristiano es una ofrenda a un mundo que, en muchos aspectos, es frágil. La unidad de la creación de Dios se debilita por heridas profundas cuando las relaciones sociales se rompen, o el espíritu humano se encuentra casi completamente aplastado por la explotación o el abuso de las personas. De hecho, la sociedad contemporánea sufre un proceso de fragmentación por culpa de un modo de pensar que por su naturaleza tiene una visión reducida, porque descuida completamente el horizonte de la verdad, de la verdad sobre Dios y sobre nosotros. Por su naturaleza, el relativismo non es capaz de ver el cuadro en su totalidad. Ignora los principios mismos que nos hacen capaces de vivir y de crecer en la unidad, en el orden y en la armonía.

Como testigos cristianos, ¿cuál es nuestra respuesta a un mundo dividido y fragmentario? ¿Cómo podemos ofrecer esperanza de paz, restablecimiento y armonía a esas «estaciones» de conflicto, de sufrimiento y tensión por las que habéis querido pasar con esta Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud? La unidad y la reconciliación no se pueden alcanzar sólo con nuestros esfuerzos. Dios nos ha hecho el uno para el otro (cf. Gn 2, 24) y sólo en Dios y en su Iglesia podemos encontrar la unidad que buscamos. Y, sin embargo, frente a las imperfecciones y desilusiones, tanto individuales como institucionales, tenemos a veces la tentación de construir artificialmente una comunidad «perfecta». No se trata de una tentación nueva. En la historia de la Iglesia hay muchos ejemplos de tentativas de esquivar y pasar por alto las debilidades y los fracasos humanos para crear una unidad perfecta, una utopía espiritual.

Estos intentos de construir la unidad, en realidad la debilitan. Separar al Espíritu Santo de Cristo, presente en la estructura institucional de la Iglesia, pondría en peligro la unidad de la comunidad cristiana, que es precisamente un don del Espíritu. Se traicionaría la naturaleza de la Iglesia como Templo vivo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 3, 16). En efecto, es el Espíritu quien guía a la Iglesia por el camino de la verdad plena y la unifica en la comunión y en servicio del ministerio (cf. Lumen gentium, 4). Lamentablemente, la tentación de «ir por libre» continúa. Algunos hablan de su comunidad local como si se tratara de algo separado de la así llamada Iglesia institucional, describiendo a la primera como flexible y abierta al Espíritu, y la segunda como rígida y carente de Espíritu.

La unidad pertenece a la esencia de la Iglesia (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 813); es un don que debemos reconocer y apreciar. Pidamos esta tarde por nuestro propósito de cultivar la unidad, de contribuir a ella, de resistir a cualquier tentación de darnos media vuelta y marcharnos. Ya que lo que podemos ofrecer a nuestro mundo es precisamente la magnitud, la amplia visión de nuestra fe, sólida y abierta a la vez, consistente y dinámica, verdadera y sin embargo orientada a un conocimiento más profundo. Queridos jóvenes, ¿acaso no es gracias a vuestra fe que amigos en dificultad o en búsqueda de sentido para sus vidas se han dirigido a vosotros? Estad vigilantes. Escuchad. ¿Sois capaces de oír, a través de las disonancias y las divisiones del mundo, la voz acorde de la humanidad? Desde el niño abandonado en un campo de Darfur a un adolescente desconcertado, a un padre angustiado en un barrio periférico cualquiera, o tal vez ahora, desde lo profundo de vuestro corazón, se alza el mismo grito humano que anhela reconocimiento, pertenencia, unidad. ¿Quien puede satisfacer este deseo humano esencial de ser uno, estar inmerso en la comunión, de estar edificado y ser guiado a la verdad? El Espíritu Santo. Éste es su papel: realizar la obra de Cristo. Enriquecidos con los dones del Espíritu, tendréis la fuerza de ir más allá de vuestras visiones parciales, de vuestra utopía, de la precariedad fugaz, para ofrecer la coherencia y la certeza del testimonio cristiano.

Amigos, cuando recitamos el Credo afirmamos: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». El «Espíritu creador» es la fuerza de Dios que da la vida a toda la creación y es la fuente de vida nueva y abundante en Cristo. El Espíritu mantiene a la Iglesia unida a su Señor y fiel a la tradición apostólica. Él es quien inspira las Sagradas Escrituras y guía al Pueblo de Dios hacia la plenitud de la verdad (cf. Jn 16, 13). De todos estos modos el Espíritu es el «dador de vida», que nos conduce al corazón mismo de Dios. Así, cuanto más nos dejamos guiar por el Espíritu, tanto mayor será nuestra configuración con Cristo y tanto más profunda será nuestra inmersión en la vida de Dios uno y trino.

Esta participación en la naturaleza misma de Dios (cf. 2 P 1, 4) tiene lugar a lo largo de los acontecimientos cotidianos de la vida, en los que Él siempre esta presente (cf. Ba 3, 38). Sin embargo, hay momentos en los que podemos sentir la tentación de buscar una cierta satisfacción fuera de Dios. Jesús mismo preguntó a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67). Este alejamiento puede ofrecer tal vez la ilusión de la libertad. Pero, ¿a dónde nos lleva? ¿A quién vamos a acudir? En nuestro corazón, en efecto, sabemos que sólo el Señor tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 67-69). Alejarnos de Él es sólo un intento vano de huir de nosotros mismos (cf. S. Agustín, Confesiones VIII, 7). Dios está con nosotros en la vida real, no en la fantasía. Enfrentarnos a la realidad, no huir de ella: esto es lo que buscamos. Por eso el Espíritu Santo, con delicadeza, pero también con determinación, nos atrae hacia lo que es real, duradero y verdadero. El Espíritu es quien nos devuelve a la comunión con la Santísima Trinidad.

El Espíritu Santo ha sido, de modos diversos, la Persona olvidada de la Santísima Trinidad. Tener una clara comprensión de él nos parece algo fuera de nuestro alcance. Sin embargo, cuando todavía era pequeño, mis padres, como los vuestros, me enseñaron el signo de la Cruz y así entendí pronto que hay un Dios en tres Personas, y que la Trinidad está en el centro de la fe y de la vida cristiana. Cuando crecí lo suficiente para tener un cierto conocimiento de Dios Padre y de Dios Hijo -los nombres ya significaban mucho- mi comprensión de la tercera Persona de la Trinidad seguía siendo incompleta. Por eso, como joven sacerdote encargado de enseñar teología, decidí estudiar los testimonios eminentes del Espíritu en la historia de la Iglesia. De esta manera llegué a leer, en otros, al gran san Agustín.

Su comprensión del Espíritu Santo se desarrolló de modo gradual; fue una lucha. De joven había seguido el Maniqueísmo, que era uno de aquellos intentos que he mencionado antes de crear una utopía espiritual separando las cosas del espíritu de las de la carne. Como consecuencia de ello, albergaba al principio sospechas respecto a la enseñanza cristiana sobre la encarnación de Dios. Y, con todo, su experiencia del amor de Dios presente en la Iglesia lo llevó a buscar su fuente en la vida de Dios uno y trino. Así llegó a tres precisas intuiciones sobre el Espíritu Santo como vínculo de unidad dentro de la Santísima Trinidad: unidad como comunión, unidad como amor duradero, unidad como dador y don. Estas tres intuiciones no son solamente teóricas. Nos ayudan a explicar cómo actúa el Espíritu. Nos ayudan a permanecer en sintonía con el Espíritu y a extender y clarificar el ámbito de nuestro testimonio, en un mundo en el que tanto los individuos como las comunidades sufren con frecuencia la ausencia de unidad y de cohesión.

Por eso, con la ayuda de san Agustín, intentaremos ilustrar algo de la obra del Espíritu Santo. San Agustín señala que las dos palabras «Espíritu» y «Santo» se refieren a lo que pertenece a la naturaleza divina; en otras palabras, a lo que es compartido por el Padre y el Hijo, a su comunión. Por eso, si la característica propia del Espíritu es de ser lo que es compartido por el Padre y el Hijo, Agustín concluye que la cualidad peculiar del Espíritu es la unidad. Una unidad de comunión vivida: una unidad de personas en relación mutua de constante entrega; el Padre y el Hijo que se dan el uno al otro. Pienso que empezamos así a vislumbrar qué iluminadora es esta comprensión del Espíritu Santo como unidad, como comunión. Una unidad verdadera nunca puede estar fundada sobre relaciones que nieguen la igual dignidad de las demás personas. Y tampoco la unidad es simplemente la suma total de los grupos mediante los cuales intentamos a veces «definirnos» a nosotros mismos. De hecho, sólo en la vida de comunión se sostiene la unidad y se realiza plenamente la identidad humana: reconocemos la necesidad común de Dios, respondemos a la presencia unificadora del Espíritu Santo y nos entregamos mutuamente en el servicio de los unos a los otros.

La segunda intuición de Agustín, es decir, el Espíritu Santo como amor que permanece, se desprende del estudio que hizo sobre la Primera Carta de san Juan, allí donde el autor nos dice que «Dios es amor» (1 Jn 4, 16). Agustín sugiere que estas palabras, a pesar de referirse a la Trinidad en su conjunto, se han de entender también como expresión de una característica particular del Espíritu Santo. Reflexionando sobre la naturaleza permanente del amor, «quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él» (ibíd.), Agustín se pregunta: ¿es el amor o es el Espíritu quien garantiza el don duradero? La conclusión a la que llega es ésta: «El Espíritu Santo nos hace vivir en Dios y Dios en nosotros; pero es el amor el que causa esto. El Espíritu por tanto es Dios como amor» (De Trinitate 15,17,31). Es una magnífica explicación: Dios comparte a sí mismo como amor en el Espíritu Santo. ¿Qué más podemos aprender de esta intuición? El amor es el signo de la presencia del Espíritu Santo. Las ideas o las palabras que carecen de amor, aunque parezcan sofisticadas o sagaces, no pueden ser «del Espíritu». Más aún, el amor tiene un rasgo particular; en vez de ser indulgente o voluble, tiene una tarea o un fin que cumplir: permanecer. El amor es duradero por su naturaleza. De nuevo, queridos amigos, podemos echar una mirada a lo que el Espíritu Santo ofrece al mundo: amor que despeja la incertidumbre; amor que supera el miedo de la traición; amor que lleva en sí mismo la eternidad; el amor verdadero que nos introduce en una unidad que permanece.

Agustín deduce la tercera intuición, el Espíritu Santo como don, de una reflexión sobre una escena evangélica que todos conocemos y que nos atrae: el diálogo de Cristo con la samaritana junto al pozo. Jesús se revela aquí como el dador del agua viva (cf. Jn 4, 10), que será después explicada como el Espíritu (cf. Jn 7, 39; 1 Co 12, 13). El Espíritu es «el don de Dios» (Jn 4, 10), la fuente interior (cf. Jn 4, 14), que sacia de verdad nuestra sed más profunda y nos lleva al Padre. De esta observación, Agustín concluye que el Dios que se entrega a nosotros como don es el Espíritu Santo (cf. De Trinitate, 15,18,32). Amigos, una vez más echamos un vistazo sobre la actividad de la Trinidad: el Espíritu Santo es Dios que se da eternamente; al igual que una fuente perenne, él se ofrece nada menos que a sí mismo. Observando este don incesante, llegamos a ver los límites de todo lo que acaba, la locura de una mentalidad consumista. En particular, empezamos a entender porqué la búsqueda de novedades nos deja insatisfechos y deseosos de algo más. ¿Acaso no estaremos buscando un don eterno? ¿La fuente que nunca se acaba? Con la Samaritana exclamamos: ¡Dame de esta agua, para que no tenga ya más sed (cf. Jn 4, 15)!

Queridos jóvenes, ya hemos visto que el Espíritu Santo es quien realiza la maravillosa comunión de los creyentes en Cristo Jesús. Fiel a su naturaleza de dador y de don a la vez, él actúa ahora a través de vosotros. Inspirados por las intuiciones de san Agustín, haced que el amor unificador sea vuestra medida, el amor duradero vuestro desafío y el amor que se entrega vuestra misión.

Este mismo don del Espíritu Santo será mañana comunicado solemnemente a los candidatos a la Confirmación. Yo rogaré: «Llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor». Estos dones del Espíritu -cada uno de ellos, como nos recuerda san Francisco de Sales, es un modo de participar en el único amor de Dios- no son ni un premio ni un reconocimiento. Son simplemente dados (cf. 1 Co 12, 11). Y exigen por parte de quien los recibe sólo una respuesta: «Acepto». Percibimos aquí algo del misterio profundo de lo que es ser cristiano. Lo que constituye nuestra fe no es principalmente lo que nosotros hacemos, sino lo que recibimos. Después de todo, muchas personas generosas que no son cristianas pueden hacer mucho más de lo que nosotros hacemos. Amigos, ¿aceptáis entrar en la vida trinitaria de Dios? ¿Aceptáis entrar en su comunión de amor?

Los dones del Espíritu que actúan en nosotros imprimen la dirección y definen nuestro testimonio. Los dones del Espíritu, orientados por su naturaleza a la unidad, nos vinculan todavía más estrechamente a la totalidad del Cuerpo de Cristo (cf. Lumen gentium, 11), permitiéndonos edificar mejor la Iglesia, para servir así al mundo (cf. Ef 4, 13). Nos llaman a una participación activa y gozosa en la vida de la Iglesia, en las parroquias y en los movimientos eclesiales, en las clases de religión en la escuela, en las capellanías universitarias o en otras organizaciones católicas. Sí, la Iglesia debe crecer en unidad, debe robustecerse en la santidad, rejuvenecer y renovarse constantemente (cf. Lumen gentium, 4). Pero ¿con qué criterios? Con los del Espíritu Santo. Volveos a él, queridos jóvenes, y descubriréis el verdadero sentido de la renovación.

Esta tarde, reunidos bajo este hermoso cielo nocturno, nuestros corazones y nuestras mentes se llenan de gratitud a Dios por el don de nuestra fe en la Trinidad. Recordemos a nuestros padres y abuelos, que han caminado a nuestro lado cuando todavía éramos niños y han sostenido nuestros primeros pasos en la fe. Ahora, después de muchos años, os habéis reunido como jóvenes adultos alrededor del Sucesor de Pedro. Me siento muy feliz de estar con vosotros. Invoquemos al Espíritu Santo: él es el autor de las obras de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 741). Dejad que sus dones os moldeen. Al igual que la Iglesia comparte el mismo camino con toda la humanidad, vosotros estáis llamados a vivir los dones del Espíritu entre los altibajos de la vida cotidiana. Madurad vuestra fe a través de vuestros estudios, el trabajo, el deporte, la música, el arte. Sostenedla mediante la oración y alimentadla con los sacramentos, para ser así fuente de inspiración y de ayuda para cuantos os rodean. En definitiva, la vida, no es un simple acumular, y es mucho más que el simple éxito. Estar verdaderamente vivos es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios. Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, también vosotros podréis transformar vuestras familias, las comunidades y las naciones. Liberad estos dones. Que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad sean los signos de vuestra grandeza.

Y ahora, mientras nos preparamos para adorar al Santísimo Sacramento en el silencio y en la espera, os repito las palabras que pronunció la beata Mary MacKillop cuando tenía precisamente veintiséis años: «Cree en todo lo que Dios te susurra en el corazón». Creed en él. Creed en la fuerza del Espíritu de amor.

[Al final de la vigilia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas]

Queridos amigos, el Espíritu Santo dirige nuestros pasos para seguir a Jesucristo en el mundo de hoy, que espera de los cristianos una palabra de aliento y un testimonio de vida que inviten a mirar confiadamente hacia el futuro. Os encomiendo en mis plegarias, para que respondáis generosamente a lo que el Señor os pide y a lo que todos los hombres anhelan. Que Dios os bendiga.



[Traducción del original inglés distribuida por la Santa Sede

viernes, 18 de julio de 2008

Predicador del Papa: El juicio, motivo de consuelo

Comentario al Evangelio del XVI Domingo del tiempo ordinario


ROMA, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.



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XVI Domingo del tiempo ordinario

Lecturas: Sabiduría 12, 13.16-19; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-43



El trigo y la cizaña



Con tres parábolas, Jesús presenta en el Evangelio la situación de la Iglesia en el mundo. La parábola del grano de mostaza que se convierte en un árbol indica el crecimiento del Reino, no tanto en extensión, sino en intensidad; indica la fuerza transformadora del Evangelio que "levanta" la masa y la prepara para convertirse en pan.

Los discípulos comprendieron fácilmente estas dos parábolas; pero esto no sucedió con la tercera, la del trigo y la cizaña, y Jesús tuvo que explicársela a parte.

El sembrador, dijo, era él mismo; la buena semilla, los hijos del Reino; la cizaña, los hijos del maligno; el campo, el mundo; y la siega, el fin del mundo.

Esta parábola de Jesús, en la antigüedad, fue objeto de una memorable disputa que es muy importante tener presente también hoy. Había espíritus sectáreos, donatistas, que resolvían la cuestión de manera simplista: por una parte, está la Iglesia (¡su iglesia!) constituida sólo por personas perfectas; por otra, el mundo lleno de hijos del maligno, sin esperanza de salvación. A estos se les opuso san Agustín: el campo, explicaba, ciertamente es el mundo, pero también en la Iglesia; lugar en el que viven codo a codo santos y pecadores y en el que hay lugar para crecer y convertirse. "Los malos --decía-- están en el mundo o para convertirse o para que por medio de ellos los buenos ejerzan la paciencia".

Los escándalos que de vez en cuando sacuden a la Iglesia, por tanto, nos deben entristecer, pero no sorprender. La Iglesia se compone de personas humanas, no sólo de santos. Además, hay cizaña también dentro de cada uno de nosotros, no sólo en el mundo y en la Iglesia, y esto debería quitarnos la propensión a señalar con el dedo a los demás. Erasmo de Roterdam, respondió a Lutero, quien le reprochaba su permanencia en la Iglesia católica a pesar de su corrupción: "Soporto a esta Iglesia con la esperanza de que sea mejor, pues ella también está obligada a soportarme en espera de que yo sea mejor".

Pero quizá el tema principal de la parábola no es el trigo ni la cizaña, sino la paciencia de Dios. La liturgia lo subraya con la elección de la primera lectura, que es un himno a la fuerza de Dios, que se manifiesta bajo la forma de paciencia e indulgencia. Dios no tiene simple paciencia, es decir, no espera al día del juicio para después castigar más severamente. Se trata de magnanimidad, misericordia, voluntad de salvar.

La parábola del trigo y de la cizaña permite una reflexión de mayor alcance. Uno de los mayores motivos de malestar para los creyentes y de rechazo de Dios para los no creyentes ha sido siempre el "desorden" que hay en el mundo. El libro bíblico de Qoelet (Eclesiastés), que tantas veces se hace portavoz de las razones de los que dudan y de los escépticos, escribía: "Todo le sucede igual al justo y al impío... Bajo el sol, en lugar del derecho, está la iniquidad, y en lugar de la justicia la impiedad" (Qoelet 3, 16; 9,2). En todos los tiempos se ha visto que la iniquidad triunfa y que la inocencia queda humillada. "Pero --como decía el gran orador Bossuet-- para que no se crea que en el mundo hay algo fijo y seguro, en ocasiones se ve lo contrario, es decir, la inocencia en el trono y la iniquidad en el patíbulo".

La respuesta a este escándalo ya la había encontrado el autor de Qoelet: "Dije en mi corazón: Dios juzgará al justo y al impío, pues allí hay un tiempo para cada cosa y para toda obra" (Qoelet 3, 17). Es lo que Jesús llama en la parábola "el tiempo de la siega". Se trata, en otras palabras, de encontrar el punto de observación adecuado ante la realidad, de ver las cosas a la luz de la eternidad.

Es lo que pasa con algunos cuadros modernos que, si se ven de cerca, parecen una mezcla de colores sin orden ni sentido, pero si se observan desde la distancia adecuada, se convierten en una imagen precisa y poderosa.

No se trata de quedar con los bazos cruzados ante el mal y la injusticia, sino de luchar con todos los medios lícitos para promover la justicia y reprimir la injusticia y la violencia. A este esfuerzo, que realizan todos los hombres de buena voluntad, la fe añade una ayuda y un apoyo de valor inestimable: la certeza de que la victoria final no será de la injusticia, ni de la prepotencia, sino de la inocencia.

Al hombre moderno le resulta difícil aceptar la idea de un juicio final de Dios sobre el mundo y la historia, pero de este modo se contradice, pues él mismo se rebela a la idea de que la injusticia tenga la última palabra. En muchos milenios de vida sobre la tierra, el hombre se ha acostumbrado a todo; se ha adaptado a todo clima, inmunizado a muchas enfermedades. Hay algo a lo que nunca se ha acostumbrado: a la injusticia. Sigue experimentándola como intolerable. Y a esta sed de justicia responderá el juicio. Ya no sólo será querido por Dios, sino también por los hombres y, paradójicamente, también por los impíos. "En el día del juicio universal --dice el poeta Paul Claudel--, no sólo bajará del cielo el Juez, sino que se precipitará a su alrededor toda la tierra".

¡Cómo cambian las vicisitudes humanas cuando se ven desde este punto de vista, incluidas las que tienen lugar en el mundo de hoy! Tomemos el ejemplo que tanto nos humilla y entristece a nosotros, los italianos, el crimen organizado, la mafia la ‘ndrangheta, la camorra..., y que con otros nombres está presente en muchos países. Recientemente el libro "Gomorra" de Roberto Saviano y la película que se ha hecho sobre él han documentado el nivel de odio y de desprecio alcanzado por los jefes de estas organizaciones, así como el sentimiento de impotencia y casi de resignación de la sociedad ante este fenómeno.

En el pasado, hemos visto personas de la mafia que han sido acusadas de crímenes horrorosos defenderse con una sonrisa en los labios, poner en jaque a jueces y tribunales, reírse ante la falta de pruebas. Como si, librándose de los jueces humanos, habrían resuelto todo. Si pudiera dirigirme a ellos, les diría: ¡no os hagáis ilusiones, pobres desgraciados; no habéis logrado nada! El verdadero juicio todavía debe comenzar. Aunque acabéis vuestros días en libertad, temidos, honrados, e incluso con un espléndido funeral religioso, después de haber dado grandes ofertas a obras pías, no habréis logrado nada. El verdadero Juez os espera detrás de la puerta, y no se le puede engañar. Dios no se deja corromper.

Debería ser, por tanto, motivo de consuelo para las víctimas y de saludable susto para los violentos lo que dice Jesús al concluir su explicación sobre la parábola de la cizaña: "De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre".

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]

El Vía Crucis más grande de la historia de Australia

SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org-Aica).- Benedicto XVI abrió en la tarde de este viernes con una oración la representación de las estaciones del Vía Crucis por parte de un centenar de actores en Sydney, donde preside la Jornada Mundial de la Juventud, que reúne a unos 225.000 jóvenes peregrinos de todo el mundo.

Los actores recreaban la última cena, sentados en los escalones de la catedral de Santa María, cuando el Papa salió por la puerta del templo para pronunciar la breve plegaria.

El pontífice siguió las otras estaciones por televisión, en la cripta de la catedral.

Cuatro mujeres aborígenes lloraron por Jesús de Nazaret en otro momento de la Vía Dolorosa.

A través de las numerosas pantallas gigantes que retransmitieron el espectáculo en parques y plazas de Sydney, había visto la última cena en la catedral de Santa María, en la que Alfio Stutio, el actor australiano de 27 años que representó a Jesús, rompió el pan para compartirlo con los doce discípulos.

La séptima estación del Vía Crucis continuaba en la pantalla y los presos romanos, entre ellos Simón, estaban representados, como las mujeres de Jerusalén, por aborígenes australianos.

Vestían pieles de canguro y llevaban la cara y el cuerpo pintados con ceniza, una señal de duelo en la tradición aborigen, y mientras esperaban la llegada de Jesús al muelle bailaban una danza tradicional del norte de Australia.

Al comer con el Papa, doce jóvenes cuentan sus dificultades

En particular, en Asia y África


SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- El almuerzo que Benedicto XVI compartió este viernes con doce chicos y chicas de todo el mundo le ha servido para confirmar algo que ya sabía: en algunos países, ser joven es muy difícil.

En la comida, que tuvo lugar en la recepción de la residencia de la catedral de Sydney, diez de los muchachos representaron a los cinco continentes. Los otros dos representaban a Australia, el país anfitrión de las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Fidel Mateos Rodríguez, laico, de 25 años, de la diócesis de Salamanca (España), ha explicado después que "durante el almuerzo, cada uno de los invitados hemos hablado de nuestra situación personal en nuestros países; el Papa, en especial, ha mostrado sumo interés por los testimonios de los jóvenes asiáticos y africanos, dos continentes en los que es difícil vivir la fe católica".

La otra representante del continente europeo, la francesa Marie-Bénédicte Esnault, de 22 años, reconoce que escuchando a sus compañeros de mesa "he pensado que nosotros, que vivimos en países de antigua tradición cristiana somos muy afortunados".

Jean Fabien Muaka Baloza, de la República Democrática del Congo, de 29 años, considera que "nuestra conversación ha sido como con un padre de familia. Ha escuchado y ha nos dado su bendición".

Jean Fabien invitó al Papa a visitar África para que "venga a darse cuenta de ciertas realidades educativas. Tenemos necesidad de su influencia".

Craig Ashby, australiano y representante del pueblo aborigen, narró al Santo Padre la discriminación que todavía vive su gente. El Papa le respondió que la clave para resolverlas está en la educación.

Gabriel Nangile, de Papúa Nueva Guinea, cuenta que también él ha hablado de los jóvenes de su país y de la necesidad apremiante de que puedan descubrir una vida espiritual que les libre de los graves peligros que corren.

Helena de Sousa de Timor Oriental, de 25 años, habló con el pontífice de la violencia en su país. El Papa se interesó por su situación, recordando que en enero de este año recibió a su presidente, José Ramos-Horta.

Al final del encuentro el Papa les regaló a cada uno de los jóvenes, un rosario y una medalla conmemorativa de la Jornada Mundial de la Juventud.

Cada joven le correspondió con un regalo, como es el caso del estadounidense Armando Cervantes, de origen mexicano, que le entregó un sombrero con orejas de Mickey Mouse.

En representación de Brasil estuvo presente Jorgiana Aldren Lima de Santana, de 26 años. Otros países representados fueron Nueva Zelanda, Nigeria, y Corea del Sur.

"Sin duda ha sido una vivencia inolvidable que reafirma mi fe en Dios y en la Iglesia y me sirve como reconocimiento al trabajo que he realizado junto a los jóvenes durante todos estos años", concluye Fidel Mateos.

Discurso del Papa a jóvenes de una comunidad de recuperación

SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI este viernes a los jóvenes de la comunidad de recuperación de la Universidad Notre Dame de Sydney, en el encuentro que mantuvo con ellos en la iglesia del Sagrado Corazón de esta institución.

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Queridos jóvenes:

Me alegro de estar hoy aquí con vosotros en Darlinghurst, y saludo con afecto a los que participan en el programa "Alive", así como al personal que lo dirige. Ruego para que todos podáis disfrutar de la asistencia que ofrece la Archidiócesis de Sydney a través de la Social Services Agency, y para que siga adelante la buena labor que aquí se hace.

El nombre del programa que seguís nos invita a hacernos la siguiente pregunta: ¿qué quiere decir realmente estar "vivo", vivir la vida en plenitud? Esto es lo que todos queremos, especialmente cuando somos jóvenes, y es lo que Cristo quiere para nosotros. En efecto, Él dijo: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). El instinto más enraizado en todo ser vivo es el de conservar la vida, crecer, desarrollarse y transmitir a otros el don de la vida. Por eso, es algo natural que nos preguntemos cuál es la mejor manera de realizar todo esto.

Esta cuestión es tan acuciante para nosotros como le era también para los que vivían en tiempos del Antiguo Testamento. Sin duda ellos escuchaban con atención a Moisés cuando les decía: "Te pongo delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida" (Dt 30, 19-20). Estaba claro lo que debían hacer: debían rechazar a los otros dioses para adorar al Dios verdadero, que se había revelado a Moisés, y obedecer sus mandamientos. Se podría pensar que actualmente es poco probable que la gente adore a otros dioses. Sin embargo, a veces la gente adora a "otros dioses" sin darse cuenta. Los falsos "dioses", cualquiera que sea el nombre, la imagen o la forma que se les dé, están casi siempre asociados a la adoración de tres cosas: los bienes materiales, el amor posesivo y el poder. Permitidme que me explique. Los bienes materiales son buenos en sí mismos. No podríamos sobrevivir por mucho tiempo sin dinero, vestidos o vivienda. Para vivir, necesitamos alimento. Pero, si somos codiciosos, si nos negamos a compartir lo que tenemos con los hambrientos y los pobres, convertimos nuestros bienes en una falsa divinidad. En nuestra sociedad materialista, muchas voces nos dicen que la felicidad se consigue poseyendo el mayor número de bienes posible y objetos de lujo. Sin embargo, esto significa transformar los bienes en una falsa divinidad. En vez de dar la vida, traen la muerte.

El amor auténtico es evidentemente algo bueno. Sin él, difícilmente valdría la pena vivir. El amor satisface nuestras necesidades más profundas y, cuando amamos, somos más plenamente nosotros mismos, más plenamente humanos. Pero, qué fácil es transformar el amor en una falsa divinidad. La gente piensa con frecuencia que está amando cuando en realidad tiende a poseer al otro o a manipularlo. A veces trata a los otros más como objetos para satisfacer sus propias necesidades que como personas dignas de amor y de aprecio. Qué fácil es ser engañado por tantas voces que, en nuestra sociedad, sostienen una visión permisiva de la sexualidad, sin tener en cuenta la modestia, el respeto de sí mismo o los valores morales que dignifican las relaciones humanas. Esto supone adorar a una falsa divinidad. En vez de dar la vida, trae la muerte.

El poder que Dios nos ha dado de plasmar el mundo que nos rodea es ciertamente algo bueno. Si lo utilizamos de modo apropiado y responsable nos permite transformar la vida de la gente. Toda comunidad necesita buenos guías. Sin embargo, qué fuerte es la tentación de aferrarse al poder por sí mismo, buscando dominar a los otros o explotar el medio ambiente natural con fines egoístas. Esto significa transformar el poder en una falsa divinidad. En vez de dar la vida, trae la muerte.

El culto a los bienes materiales, el culto al amor posesivo y el culto al poder, lleva a menudo a la gente a "comportarse como Dios": intentan asumir el control total, sin prestar atención a la sabiduría y a los mandamientos que Dios nos ha dado a conocer. Este es el camino que lleva a la muerte. Por el contrario, adorar al único Dios verdadero significa reconocer en él la fuente de toda bondad, confiarnos a él, abrirnos al poder saludable de su gracia y obedecer sus mandamientos: este es el camino para elegir la vida.

Un ejemplo gráfico de lo que significa alejarse del camino de la muerte y reemprender el camino de la vida, se encuentra en el relato del Evangelio que seguramente todos conocéis bien: la parábola del hijo pródigo. Al comienzo de la narración, aquél joven dejó la casa de su padre buscando los placeres ilusorios prometidos por los falsos "dioses". Derrochó su herencia llevando una vida llena de vicios, encontrándose al final en un estado de grande pobreza y miseria. Cuando tocó fondo, hambriento y abandonado, comprendió que había sido una locura dejar la casa de su padre, que tanto lo amaba. Regresó con humildad y pidió perdón. Su padre, lleno de alegría, lo abrazó y exclamó: "Este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado." (Lc 15, 24).

Muchos de vosotros habéis experimentado personalmente lo que vivió aquél joven. Tal vez, habéis tomado decisiones de las que ahora os arrepentís, elecciones que, aunque entonces se presentaban muy atractivas, os han llevado a un estado más profundo de miseria y de abandono. El abuso de las drogas o del alcohol, participar en actividades criminales o nocivas para vosotros mismos, podrían aparecer entonces como la vía de escape a una situación de dificultad o confusión. Ahora sabéis que en vez de dar la vida, han traído la muerte. Quiero reconocer el coraje que habéis demostrado decidiendo volver al camino de la vida, precisamente como el joven de la parábola. Habéis aceptado la ayuda de los amigos o de los familiares, del personal del programa "Alive", de aquellos que tanto se preocupan por vuestro bienestar y felicidad.

Queridos amigos, os veo como embajadores de esperanza para otros que se encuentran en una situación similar. Al hablar desde vuestra experiencia podéis convencerlos de la necesidad de elegir el camino de la vida y rechazar el camino de la muerte. En todos los Evangelios, vemos que Jesús amaba de modo especial a los que habían tomado decisiones erróneas, ya que una vez reconocida su equivocación, eran los que mejor se abrían a su mensaje de salvación. De hecho, Jesús fue criticado frecuentemente por aquellos miembros de la sociedad, que se tenían por justos, porque pasaba demasiado tiempo con gente de esa clase. Preguntaban, "¿cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?". Él les respondió: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos... No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9, 11-13). Los que querían reconstruir sus vidas eran los más disponibles para escuchar a Jesús y a ser sus discípulos. Vosotros podéis seguir sus pasos; también vosotros, de modo particular, podéis acercaros particularmente a Jesús precisamente porque habéis elegido volver a él. Podéis estar seguros que, a igual que el padre en el relato del hijo pródigo, Jesús os recibe con los brazos abiertos. Os ofrece su amor incondicional: la plenitud de la vida se encuentra precisamente en la profunda amistad con él.

He dicho antes que cuando amamos satisfacemos nuestras necesidades más profundas y llegamos a ser más plenamente nosotros mismos, más plenamente humanos. Hemos sido hechos para amar, para esto hemos sido hechos por el Creador. Lógicamente, no hablo de relaciones pasajeras y superficiales; hablo de amor verdadero, del núcleo de la enseñanza moral de Jesús: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser", y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (cf. Mc 13, 30-31). Éste es, por así decirlo, el programa grabado en el interior de cada persona, si tenemos la sabiduría y la generosidad de conformarnos a él, si estamos dispuestos a renunciar a nuestras preferencias para ponernos al servicio de los demás, y a dar la vida por el bien de los demás, y en primer lugar por Jesús, que nos amó y dio su vida por nosotros. Esto es lo que los hombres están llamados a hacer, y lo que quiere decir realmente estar "vivo".

Queridos jóvenes amigos, el mensaje que os dirijo hoy es el mismo que Moisés pronunció hace tantos años: "elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia amando al Señor tu Dios". Que su Espíritu os guíe por el camino de la vida, obedeciendo sus mandamientos, siguiendo sus enseñanzas, abandonando las decisiones erróneas que sólo llevan a la muerte, y os comprometáis en la amistad con Jesús para toda la vida. Que con la fuerza del Espíritu Santo elijáis la vida y el amor, y deis testimonio ante el mundo de la alegría que esto conlleva. Esta es mi oración por cada uno de vosotros en esta Jornada Mundial de la Juventud. Que Dios os bendiga.

[Traducción del original inglés distribuida por la Santa Sede

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]

Benedicto XVI: El punto de partida del ecumenismo, el Bautismo; el de llegada, la Eucaristía

Explica en el encuentro con representantes de otras confesiones cristianas


SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- El punto de partida del ecumenismo --el camino hacia la unidad entre los cristianos-- es el Bautismo; el de llegada, la celebración común de la Eucaristía. Así lo explicó este viernes Benedicto XVI a representantes de otras iglesias y comunidades cristianas.

En el encuentro, que se celebró en la cripta de la catedral de Santa María de Sydney, estuvieron representadas unas quince comunidades, entre ortodoxos, hijos de la Reforma, anglicanos...

Si bien el arzobispo anglicano de Sydney no pudo estar presente, envió a un representante y escribió una carta que ha sido calificada por el padre Federico Lombardi S.I., como "hermosísima", "muy cordial con el Papa y con la Jornada Mundial de la Juventud".

En su discurso, el Papa reconoció que "el movimiento ecuménico ha llegado a un punto crítico".

Tras recordar que los cristianos están viviendo el bimilenario de san Pablo, profundizó en la enseñanza del apóstol para constatar que el sacramento del Bautismo es para todos los cristianos "la puerta de entrada en la Iglesia y el 'vínculo de unidad' para cuantos han renacido gracias a él".

"Es consiguientemente el punto de partida de todo el movimiento ecuménico", afirmó. "Pero no es el destino final. El camino del ecumenismo tiende, en definitiva, a una celebración común de la Eucaristía, que Cristo ha confiado a sus apóstoles como el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia".

"Aunque hay todavía obstáculos que superar, podemos estar seguros de que un día una Eucaristía común subrayará nuestra decisión de amarnos y servirnos unos a otros a imitación de nuestro Señor".

Según el obispo de Roma, "un sincero diálogo sobre el lugar que tiene la Eucaristía --estimulado por un renovado y atento estudio de la Escritura, de los escritos patrísticos y de los documentos de los dos milenios de la historia cristiana-- favorecerá indudablemente llevar adelante el movimiento ecuménico y unificar nuestro testimonio ante del mundo".

Punto crítico

El Papa consideró que "el movimiento ecuménico ha llegado a un punto crítico" en el que "para avanzar hemos de pedir continuamente a Dios que renueve nuestras mentes con la gracia del Espíritu Santo".

"Hemos de estar en guardia contra toda tentación de considerar la doctrina como fuente de división y, por tanto, como impedimento de lo que parece ser la tarea más urgente e inmediata para mejorar el mundo en el que vivimos".

La religión es motivo de unidad y no de división, aclara el Papa

En su encuentro con líderes de otras religiones en Sydney

SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- La religión es motivo de unidad y no de división, aseguró Benedicto XVI al dirigirse en la mañana de este viernes a representantes de otras religiones.

En el encuentro, celebrado en la sala capitular de la catedral de Santa María en Sydney, participaron cuarenta representantes de quince confesiones religiosas: judíos, musulmanes, budistas, hindúes, zoroastrianos y mandeos (minoría religiosa de Oriente Medio, que cuenta entre sus lenguas el arameo).

En el encuentro, tomaron la palabra para saludar al Papa el rabino jefe de la Gran Sinagoga de Sydney, Jeremy Lawrence, y el jeque Mohamadu Saleem, miembro ejecutivo del Consejo Nacional Australiano de Imanes, quien presentó el "fundamentalismo del amor" como antídoto al "fundamentalismo del odio".

Por su parte, el Papa alentó el aprecio que se da en la sociedad australiana por la libertad religiosa, "derecho fundamental" que "da a los hombres y mujeres la posibilidad de adorar a Dios según su conciencia, de educar el espíritu y de actuar según las convicciones éticas que se derivan de su credo".

"La armoniosa correlación entre religión y vida pública es especialmente importante en una época en la que algunos han llegado a pensar que la religión es causa de división en vez de una fuerza de unidad", aclaró el Papa.

"En un mundo amenazado por siniestras e indiscriminadas formas de violencia --aclaró--, la voz concorde de quienes tienen un espíritu religioso impulsa a las naciones y comunidades a solucionar los conflictos con instrumentos pacíficos en el pleno respeto de la dignidad humana".

Según explicó el obispo de Roma, "el sentido religioso arraigado en el corazón del ser humano abre a hombres y mujeres hacia Dios y los lleva a descubrir que la realización personal no consiste en la satisfacción egoísta de deseos efímeros".

"Nos guía más bien salir al encuentro de las necesidades de los otros y a buscar caminos concretos para contribuir al bien común. Las religiones desempeñan un papel particular a este respeto, en cuanto enseñan a la gente que el auténtico servicio exige sacrificio y autodisciplina, que se han de cultivar a su vez mediante la abnegación, la templanza y el uso moderado de los bienes naturales", reconoció.

Estos valores, reconoció, son particularmente necesarios para los jóvenes, por eso reconoció que "tanto las escuelas confesionales como las estatales podrían hacer más para desarrollar la dimensión espiritual de todo joven".

El rabino Jeremy Lawrence declaró que este tipo de encuentros muestras que la fe sigue viva, aunque viste muchos vestidos.

Jóvenes españoles se convierten en misioneros

Es la consigna que les han dejado sus obispos

SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- Tras Sydney, el futuro de los jóvenes españoles que participan en la Jornada Mundial de la Juventud es el de ser misioneros entres sus amigos, familia, y ambiente de estudio o trabajo, les han dicho sus obispos.

Los chicos y chicas peregrinos participaron este viernes, en la ultima sesión de catequesis, que se celebró sobre el tema común: "Enviados al mundo: El Espíritu Santo, el agente principal de la misión".

Como colofón a los dos días anteriores, y tras recorrer la llamada a vivir en el Espíritu Santo y reconocerlo como el alma de la Iglesia, los cardenales y obispos les animaron a ser testigos de la fe y compartir con todo el mundo el don que han recibido, según informa la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española.

En St Elia's Ascroft, el cardenal Antonio María Rouco Varela, presidente de la Conferencia, instó a los jóvenes a ser testigos de la fe y les explicó que "el principio de toda evangelización es siempre la oración".

En este contexto, mencionó en particular la vida contemplativa: "los religiosos y religiosas de clausura son los grandes protagonistas de la Jornada Mundial de la Juventud", señaló el arzobispo de Madrid, "porque aunque puedan pasar inadvertidos, son quienes nos sostienen con sus oraciones".

En la parroquia de Santa Bernardette Clemton Park, el cardenal Antonio Cañizares Llovera, arzobispo de Toledo, animó a los jóvenes a ser "aire limpio en medio de un mundo que necesita respirar".

"La Iglesia --indicó el arzobispo primado de España-- existe para evangelizar. Hoy se necesitan jóvenes para evangelizar a jóvenes, jóvenes rebeldes que no se conformen con lo mediocre, jóvenes que estén con los más pobres".

Por su parte, el cardenal Lluis Martínez Sistach impartió la tercera catequesis en la parroquia Sacred Heart Primary Mount Druitt South, donde afirmó que "una fe que no se propone y no se comparte es una fe seca. La fe se fortacele dándola".

Por ello explicó a los jóvenes que "la llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad" porque "el verdadero misionero es el santo".

Este sábado, a las 9.30 horas, (1.30 horas de la madrugada en España) tendrá lugar un encuentro de los obispos con los peregrinos españoles. Será en el Auditorio del Hotel Westin, de Sydney. Se celebrará una eucaristía, presidida por el cardenal Rouco Varela.

Aventura inolvidable de jóvenes chilenos en el barco del Papa

Fueron elegidos por sorteo


SYDNEY, viernes, 18 julio 2008 (ZENIT.org).- Creyendo que eran objeto de una broma recibieron en sus correos electrónicos la confirmación de que serían parte de la escolta del barco que llevaría al Papa Benedicto XVI a presidir su primera actividad oficial en la XXIII Jornada Mundial de la Juventud (JMJ).

Jorge Juárez y Ane Marie Kampp se inscribieron en un sorteo en la página oficial de la JMJ (www.wyd2008.org), sin saber que ese click los llevaría a una aventura inolvidable que podrían compartir con un peregrino más, informa la Conferencia Episcopal de Chile.

Jorge, vive en La Serena y asegura que prestaba servicios a la iglesia desde hace años, pero que sin duda lo vivido en esta jornada le hará profundizar en su fe y que más que nunca se siente comprometido con su patria, y así lo demuestra agitando a cada momento su bandera. "Siento la responsabilidad de comunicar un mensaje de esperanza, eso es lo que Benedicto te transmite".

Él invitó a Verónica Basaure de Santiago, amiga que conoció en el envío que se realizó el 21 de junio en Chile, desde esa ocasión se han contactado permanente y compartieron, en Sydney, el día que aseguran ha sido el más importante de sus vidas.

"Yo me sentía un poco sola antes de todo esto --relata Verónica--, cuando iniciamos el proyecto junto a los chicos de mi comunidad de San Agustín nos empezamos a unir y comprometer, ahora sé que fue lo mejor que pude hacer, tengo la certeza de que no estoy sola, que Dios me acompaña y me ha permitido vivir todo esto, no sé como describirlo, sólo quiero agradecerlo mucho".

Ane Marie, es una de las mamás que acompaña a la delegación chilena y está convencida de que la familia es el lugar privilegiado para compartir la fe en Cristo; "Yo siempre he vivido mi fe, fui al encuentro en Colonia y también fue potente, y ahora todo esto, estar cerca del Papa en este lugar hermoso... y mi hijo lo vio a cinco metros de distancia, espero que en él, así como en la familia completa cuando lleguemos, esto se pueda transmitir y nos permita acercarnos más, para ser más cristianos, mejores personas a imagen de Cristo".

Vanessa Soto fue la elegida de Ane Marie, ella es comunicadora parroquial en Quillota y desde hace meses ha destacado por su entusiasmo en los preparativos del viaje. Señaló: "Yo tengo fe, pero hoy la renové, esta experiencia de venir en el barco escolta, de ver a tantos jóvenes en la bahía, de sentir que Cristo está en todo el mundo, me compromete, me alimenta, me impulsa a ir a nuevos espacios a decir que soy cristiana, estoy muy feliz".

La delegación chilena se sintió "absolutamente representada por estos compatriotas, ya que ellos en la proa de la embarcación hicieron flamear nuestra bandera, la que una y otra vez fue aplaudida al aparecer por las pantallas gigantes".

Para su grupo, sin duda, el mejor de los orgullos. Isabel Zubicueta, aseguró: "Es una felicidad muy grande que ellos hayan tenido esa oportunidad, los acompañamos y oramos mucho para que esa experiencia tenga muchos frutos".

Otro de los integrantes, Juan Carlos Astudillo, señaló: "Estamos felices por ellos y también por nosotros ya que también tuvimos la oportunidad de estar muy cerca del Papa, fue increíble. Cada día, cada actividad, ha marcado nuestras vidas".