LONDRES, 29 Ene. 08 / 06:30 am (ACI).- "Si voy a morir, mi bebé vivirá". Con estas palabras, Lorraine Allard, una madre inglesa de 33 años de edad, respondió a los médicos que le plantearon abortar al hijo que esperaba para someterla a un tratamiento de quimioterapia contra el avanzado cáncer que padecía.
Lorraine y Martyn Allard tenían tres niñas: Leah, Amy y Courtney, de diez, ocho y casi 2 años respectivamente, cuando supieron que el hijo por nacer sería varón.
A los cuatro meses de embarazo, Lorraine comenzó a padecer fuertes dolores de estómago. Las pruebas arrojaron que tenía varios tumores en el hígado, producto de un cáncer que había avanzado en silencio por años. La noticia fue devastadora.
"Lo médicos dijeron que no podían hacer nada contra la enfermedad porque estaba embarazada. Ella les dijo inmediatamente que no se desharía del bebé", recuerda Martyn.
El pequeño Liam nació el 18 de noviembre pasado, a las 25 semanas de gestación.
Se programó una cesárea en el Hospital de la Universidad Norfolk y Norwich, pero Liam nació una semana antes de la fecha prevista por parto natural. Pesó poco más de 500 gramos y recibió un beso de su madre antes de ser introducido en la incubadora.
A pesar de su estado prematuro extremo, los médicos confían en que saldrá adelante. Lorraine comenzó un agresivo tratamiento contra el cáncer tras el parto, pudo sostener a su hijo en brazos en varias ocasiones pero falleció el 18 de enero pasado.
"Lorraine siempre mantuvo una actitud positiva, tuvo fuerza para sostenernos a ambos. Siempre supimos que las cosas no estaban bien, pero permitir que Liam naciera fue su máxima alegría", agrega.
Martyn asegura que Lorraine "estaba decidida a darle la mejor oportunidad para sobrevivir y la alegró mucho el hecho de no ser sometida a una cesárea porque no necesitó recuperarse de la operación, pudo someterse a la quimioterapia sin ser hospitalizada y visitó a Liam varias veces".
Liam ha respondido bien a los cuidados y se espera que pueda llegar a casa a principios de marzo.
"Los médicos nos dijeron que el cáncer no tenía cura, aunque trataron de disminuir los tumores. El día que murió, Lorraine llevaba dos semanas sin comer y no podía beber. Su muerte fue muy pacífica, me tomó la mano y nos abrazamos, su corazón se apagó", recuerda Martyn y asegura que ha decidido que cuando Liam crezca no le dirá que su madre murió por él, sino que se aseguró de darle la oportunidad de vivir.
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 24 enero 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI explicó este viernes que la ley de la Iglesia es ante todo «ley de libertad» que tiene por objetivo la «salvación de las almas».
Fue el mensaje que dejó a los participantes en el congreso organizado por el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos con motivo de los 25 años de la promulgación del Código de Derecho Canónico.
Este Código que rige actualmente la organización y vida de la Iglesia fue promulgado por Juan Pablo II el 25 de enero de 1983. En 1990 se promulgó el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales.
«La ley de la Iglesia es sobre todo "lex libertatis" --aclaró el Papa--: ley que nos hace libres para adherir a Jesús».
Por eso, aclaró, «hay que saber presentar al Pueblo de Dios, a las nuevas generaciones, y a cuantos están llamados a hacer respetar la ley canónica, el concreto vínculo que tiene con la vida de la Iglesia, para proteger los delicados intereses de las cosas de Dios, proteger los derechos de los más débiles, de los que no tienen otras fuerzas para hacerse valer».
Asimismo, según el Papa, la aplicación del Derecho en la Iglesia sirve para «defender aquellos delicados "bienes" que todo fiel ha recibido gratuitamente --el don de la fe, de la gracia de Dios, en primer lugar--».
Estas normas del Derecho Canónico, aclaró, no son simples normas creadas por legisladores eclesiásticos, sino más bien «la declaración autorizada» «de los deberes y de los derechos, que se fundamentan en los sacramentos y que han sido por tanto instituidos por el mismo Cristo».
Esto quiere decir, subrayó, que las leyes en la Iglesia tienen como objetivo «lograr la "salus animarum"», la salvación de las almas.
Por este motivo, señaló, la ley de la Iglesia «debe formularse de modo claro, sin ambigüedades, y siempre en armonía con las otras leyes de la Iglesia».
«Por tanto, es necesario abrogar las normas que están superadas; modificar las que necesitan ser corregidas; interpretar --a la luz del Magisterio vivo de la Iglesia-- las que son dudosas, y finalmente, colmar las eventuales "lacunae legis"» (lagunas de la ley).
En este contexto, aclaró que el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos tiene el deber de velar para los distintos órganos competentes que deben dictar normas para los fieles «puedan reflejar siempre en su conjunto la unidad y la comunión que son propias de la Iglesia».